lunes, 24 de febrero de 2025

El sueño de mi viejo… se le cumplió.

 

El sueño de mi viejo… se le cumplió.

En 1981, mientras cursaba el cuarto año de secundaria en el glorioso y centenario Colegio Nacional San José, se escuchaban por las emisoras y se veía en la televisión el inicio del conflicto con el hermano país de Ecuador. Mi padre, un veterano de caballería que sirvió en Talara, siempre me decía: "Tienes que irte al Ejército". Y yo, cada vez, le respondía: "Está bien, cumpliré tu deseo".

Con gran entusiasmo, aquella mañana de 1981, me dirigí a Lambayeque para ponerme a órdenes del comando. Sin embargo, mi sorpresa fue grande cuando me pidieron una autorización firmada por mi padre o madre. Desilusionado, regresé a casa, ya que quería estar allí, en la primera línea.

Mi revancha llegó al terminar mis estudios secundarios en abril de 1983. Con 17 años, me presenté como voluntario en el cuartel Demetrio Acosta. Fuimos varios compañeros y amigos del barrio.

Una noche fría de abril, nos formaron a todos los voluntarios. Yo, con un pantalón color crema, la camiseta de mi glorioso San José y un par de chimpunes viejos, me mantenía bien erguido. El capitán de turno, con la ayuda de algunos suboficiales y soldados, comenzó a hacernos una serie de preguntas. La noche caía lentamente, con la luna en lo alto, y nos mandaron a dormir en colchones tirados en el piso.

Esa noche fue difícil conciliar el sueño, pero, finalmente, el cansancio me venció. A las 6 de la mañana, se escuchó la corneta, y los soldados antiguos nos levantaron. Recuerdo que mi madre me visitó, y yo, tranquilo y sin miedos, me despedí de ella.

Por la noche, a las 7 p.m., nos volvieron a formar, pero esta vez para seleccionar al personal que se quedaría. ¡Qué tremenda desilusión! Me separaron del grupo por tener las amígdalas inflamadas. Me marcaron con un "inapto" con un plumón. Pensé: "Dios mío, ¿y ahora qué va a decir mi viejo? ¿Qué hago?" Y fue entonces cuando el barrio salió a relucir. Recordé aquellas travesuras de la "palomilla" de Ventanilla.

Aprovechando un descuido de los soldados, me pasé al otro grupo seleccionado y borré la marca de mi brazo. Asustado y preocupado, no sabía qué hacer. A lo lejos, se escuchó el ruido de los camiones de la empresa TEPSA, que atravesaban lentamente la gran puerta del cuartel, desfilando uno a uno.

El capitán nos preguntó a dónde queríamos ir. Mis compañeros y yo nos miramos, y sin pensarlo, respondimos: "¡Nos vamos a Tumbes!"

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