El sueño de mi viejo… se le cumplió.
En 1981, mientras cursaba el cuarto año de secundaria en el glorioso y
centenario Colegio Nacional San José, se escuchaban por las emisoras y se veía
en la televisión el inicio del conflicto con el hermano país de Ecuador. Mi
padre, un veterano de caballería que sirvió en Talara, siempre me decía:
"Tienes que irte al Ejército". Y yo, cada vez, le respondía:
"Está bien, cumpliré tu deseo".
Con gran entusiasmo, aquella mañana de 1981, me dirigí a Lambayeque para
ponerme a órdenes del comando. Sin embargo, mi sorpresa fue grande cuando me
pidieron una autorización firmada por mi padre o madre. Desilusionado, regresé
a casa, ya que quería estar allí, en la primera línea.
Mi revancha llegó al terminar mis estudios secundarios en abril de 1983. Con
17 años, me presenté como voluntario en el cuartel Demetrio Acosta. Fuimos
varios compañeros y amigos del barrio.
Una noche fría de abril, nos formaron a todos los voluntarios. Yo, con un
pantalón color crema, la camiseta de mi glorioso San José y un par de chimpunes
viejos, me mantenía bien erguido. El capitán de turno, con la ayuda de algunos
suboficiales y soldados, comenzó a hacernos una serie de preguntas. La noche
caía lentamente, con la luna en lo alto, y nos mandaron a dormir en colchones
tirados en el piso.
Esa noche fue difícil conciliar el sueño, pero, finalmente, el cansancio me
venció. A las 6 de la mañana, se escuchó la corneta, y los soldados antiguos
nos levantaron. Recuerdo que mi madre me visitó, y yo, tranquilo y sin miedos,
me despedí de ella.
Por la noche, a las 7 p.m., nos volvieron a formar, pero esta vez para
seleccionar al personal que se quedaría. ¡Qué tremenda desilusión! Me separaron
del grupo por tener las amígdalas inflamadas. Me marcaron con un "inapto"
con un plumón. Pensé: "Dios mío, ¿y ahora qué va a decir mi viejo? ¿Qué
hago?" Y fue entonces cuando el barrio salió a relucir. Recordé aquellas
travesuras de la "palomilla" de Ventanilla.
Aprovechando un descuido de los soldados, me pasé al otro grupo seleccionado
y borré la marca de mi brazo. Asustado y preocupado, no sabía qué hacer. A lo
lejos, se escuchó el ruido de los camiones de la empresa TEPSA, que atravesaban
lentamente la gran puerta del cuartel, desfilando uno a uno.
El capitán nos preguntó a dónde queríamos ir. Mis compañeros y yo nos
miramos, y sin pensarlo, respondimos: "¡Nos vamos a Tumbes!"
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