La
mentira piadosa, por mi querido San José
Retroceder
en el tiempo y refugiarnos en él es revivir nuestra historia, aquella que quedó
grabada en nuestra memoria, los hechos que marcaron nuestra existencia. Hoy, a
la luz de la vida, esos momentos surgen como pétalos de rosa en el jardín de
nuestra experiencia.
A mis 12
años, dejando atrás el cajón de lustrabotas y el grito de venta de
"marcianos", sin perder la esencia de niño travieso y pendenciero, me
aproximaba al umbral de la secundaria, al glorioso y centenario colegio
SANJOSE. 1978, el año de la Copa del Mundo en Argentina, la operación Cóndor,
la huelga nacional por la crisis económica, y el histórico triunfo de Perú ante
Escocia, son solo algunos de los eventos que marcaron nuestra vida.
Ingresar
al glorioso colegio era una experiencia extraordinaria. El San José, donde
grandes personajes dejaron su huella y su alma.
En los
años 80 y 81, ya asomaba la posibilidad de vestirme con el uniforme granate, el
legendario conjunto que defendieron extraordinarios jugadores en las épocas
estudiantiles. En 1981 y 1982, tuve la suerte de participar en diferentes
eventos y campeonatos deportivos escolares, pero fue en 1982 cuando comenzó
nuestra epopeya futbolística. Un grupo de gladiadores, guiados por un hombre
que nos llevó al triunfo, el hombre que se ganó el corazón de cada miembro de
nuestro equipo. Él, con su sabiduría, no solo nos enseñó a jugar al fútbol,
sino también a enfrentar la vida, a ser hombres con sueños grandes, siempre
guiados por valores.
El 82 fue
el año de nuestra consagración. Con esfuerzo y trabajo en equipo, arrasamos con
todos nuestros adversarios. Nos convertimos en una máquina de fútbol,
fortalecidos en cuerpo, mente y espíritu, y nos coronamos campeones regionales
de fútbol escolar. Lo que parecía un sueño se hizo realidad cuando conseguimos
el pasaporte para la gran justa nacional de fútbol.
Pero,
¿qué sucedió en 1982? Ese año marcaba también el final de mis estudios
secundarios. Sentí una angustia profunda, como si alguien me arrebataría mi
sueño, mi victoria. El campeonato de fútbol escolar había terminado, y mi
retirada del colegio era inminente. Decía adiós a la oportunidad de participar
en la gran final de fútbol escolar, que se celebraría en Lima en 1983. Ya no
iría a Lima. En mi mente se repetían pensamientos encontrados: "¿Debo
quedarme? ¿Es posible?"
Y fue
entonces cuando apareció la mentira piadosa. Me susurró al oído: "Has
luchado tanto para llegar hasta aquí, y ahora vas a rendirte tan
fácilmente". La opción de "repetir" un año comenzó a tomar forma
en mi cabeza. Imaginé ese año extra, la oportunidad de seguir en el colegio, de
no perderme la gran final, de vivir esa experiencia que tanto deseaba.
La
mentira piadosa fue mi único refugio. "Repítelo, solo un año más", me
decía constantemente. No podía permitir que este sueño se escapara, no podía
perderme el campeonato nacional.
Y
entonces, la matemática me dio el pretexto perfecto. Aún no dominaba el seno y
el coseno, el inglés era igual de complicado, y el arrastre de un curso pasado
me ofreció la justificación ideal para emprender el viaje soñado.
Gracias a
la promoción 82 y 83, pude lograr mucho más de lo que imaginé, pero, sobre
todo, me permitió conocerlos, quererlos y respetarlos.
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