Un
ascenso merecido:
1,9884
Tumbes-Corrales – 9ª División Blindada, Fuerte 5 de julio
Aquella
mañana de 1984, el sonido de la corneta despertó mis oídos, anunciando el
inicio de un nuevo día. Rápidamente, al unísono y como un resorte, saltamos de
la cama, arreglamos nuestras camas de manera ordenada y nos pusimos la ropa
deportiva para salir al patio e iniciar las actividades físicas.
Un mes
antes, habíamos entrenado bajo la supervisión de mi teniente, un ser humano
extraordinario y un soldado del ejército como pocos. Lo recuerdo como un guía y
amigo, con un carácter formidable: fuerte, serio y disciplinado. Sin embargo,
había algo en él que lo diferenciaba del resto de los oficiales: su humanidad y
su capacidad para conectar con los demás.
Los
entrenamientos se realizaban por la tarde en el estadio del cuartel, donde se
había acondicionado una pista atlética y una poza de salto largo. El teniente
entrenaba junto a nosotros, él con sus zapatos con clavos y yo con mis
zapatillas. Los entrenamientos eran intensos, muy intensos, y al final de cada
jornada, quedaba completamente fatigado.
Para ese
entonces, ya había alcanzado el grado de "Cabo", un ascenso que logré
en tan solo tres meses desde mi llegada al cuartel. Las Olimpiadas
Inter-Cuarteles eran una oportunidad para demostrar nuestra destreza como
velocistas. Sabía cómo hacerlo, y, además, contaba con los valiosos consejos de
mi teniente, lo que me permitió mejorar constantemente.
Este
esfuerzo y dedicación marcarían un punto culminante en mi carrera dentro del
ejército.
La hora cero y el par de zapatillas con clavos
El día llegó rápidamente. Recuerdo que esa noche la pasé pensando e
imaginando cómo lograría el triunfo. Cerraba los ojos y la cinta comenzaba a
correr lentamente en mi mente. Me visualizaba en la línea de salida, escuchando
el "listos", y al instante salía disparado. Mis zancadas eran largas,
mi cuerpo se elevaba con cada paso, mis piernas y brazos se movían al unísono,
acelerándose hacia una sola dirección. Sentía mi corazón latiendo al 100%,
bombeando sangre a cada uno de mis músculos. De repente, una voz fuerte me
despertó, sobresaltándome. Miré el reloj y, con sorpresa, exclamé:
"¡Chucha, ya es tarde!" Eran las 3 de la mañana.
No recuerdo cómo volví a dormir, pero al despertar, ya eran las 6. Después
de la limpieza, fuimos al desayuno. Estaba nervioso y preocupado por obtener un
buen resultado, pero al recordar a mi barrio y a mi familia, logré superar mis
miedos.
A las 8 de la mañana, nos formaron para ir al estadio. Todos, ordenados y entonando
una canción, marchamos hacia el escenario donde debía enfrentar mis temores y
abrirme paso como vencedor. Mis compañeros se dirigieron a la tribuna, mientras
que los que íbamos a participar en las diferentes pruebas nos quedamos a un
costado de la pista.
De alguna u otra manera, todos tratábamos de calentar, nerviosos. Algunos de
mis oponentes tenían una contextura gruesa y eran altos. Cuando nos llamaron
para la competencia, mi teniente se acercó a mí y me dijo: "Cienfuegos,
toma, utilízalos, te los presto".
"—No, mi teniente", le respondí. "Nunca he corrido con
zapatos con clavos, en mi barrio lo hacíamos descalzos y a veces con
zapatillas".
"—Prueba", me insistió.
Me quité las zapatillas y me puse los zapatos con clavos. Los ajusté bien y
comencé a hacer algunos piques… ¡Ohhh, qué sensación tan extraordinaria!
Recordé la noche anterior, aquella fantasía en la que me sentía volar. Era como
si estuviera flotando en las nubes.
Mi teniente me preguntó: "¿Y qué tal?"
"Me quedo con ellos", le respondí, convencido.
Llamada del juez de partida
El juez, con su llamado a la línea de salida, provocó en mí una sensación de
triunfo. Ya no había miedos, me sentía seguro de que podía ganar la prueba,
especialmente porque en el sorteo había obtenido el primer carril.
Juez: ¡A sus marcas, listos… ya!
Las barras y los vítores retumbaban en mi corazón, mientras mi cuerpo se
balanceaba en el aire, de manera armónica, acompañado de pensamientos que
cruzaban rápidamente por mi mente. Era como si flotara, suspendido en el aire,
y para mí, aquellos segundos parecían convertirse en sueños largos e
interminables.
A tan solo tres metros de cruzar la meta, mis brazos se abrieron, como
queriendo abrazar el aire, ese aire de esperanza que la vida me había
reservado, permitiéndome soñar con el triunfo. Un triunfo que se forjó en el
trabajo constante del entrenamiento, en la disciplina, la tenacidad y el
coraje. Y allí me veían ustedes, cruzando la meta como un rayo, rompiendo la
barrera del tiempo, mientras pensaba en mis padres, en mis hermanos y en mi
barrio. Ese día, me gané una semana de permiso a Chiclayo, el ascenso a
Sargento Segundo, y lo más hermoso de todo: conocer a un amigo, hermano y
compañero, años después, en las aulas de la U.N.P.R.G.
Sí, a mi paisano del distrito de La Victoria, a Segundo Bartolomé Curo
Quiroz, el "Rey de las pruebas de velocidad", quien llegó segundo en
la competencia. Lo reconocí de inmediato por su polo amarillo. Desde aquel
momento, nuestra amistad se forjó, una amistad que nació en 1984 y que sigue
creciendo, a lo largo del tiempo, en el devenir de nuestras historias.
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