YO LO GOCÉ, AQUELLA TARDE DEL 90
Lo gocé, sí, lo gocé como un orgasmo, experiencia imposible de imaginar,
algo que solo se puede vivir en el rincón donde las luces se apagan.
David Cienfuegos Adrianzén, el “Curita” para los del barrio, aquel tipo al
que todos llamaban el Chaplin del barrunto, porque su gracia y su forma de ver
la vida no tenían comparación, me hizo disfrutar de aquella tarde del 90 como
nunca. Ahora, con el paso de los años, entiendo el porqué de su apodo: su
mirada traviesa, su forma de caminar por la vida, como quien juega con el
destino. Esa tarde, el Curita me regaló una de sus obras maestras, como esas
que dibujaba en sus sueños de niño inquieto, cuando corría por el barrio, entre
los postes de madera y el suelo mojado de la lluvia del 83. Y sí, esa tarde la
saqué barata, porque no tuve que pagar entrada al espectáculo. Lo viví todo a
través de mi piel, como cuando en la infancia nos reuníamos para zamparnos y
ver jugar al ciclón contra los monstruos de antaño.
El Curita tenía sueños, siempre lo supe. Era un chico palomilla que aspiraba
a ser detective, a desenmascarar a los malos. Pero con el tiempo, sus
pensamientos cambiaron, su mirada se tornó más astuta, como un pícaro, un joven
que ya pensaba en otros horizontes, más allá de los sueños infantiles. La
madurez de sus ideas era el reflejo de los días vividos, de las tardes de
barrio.
Recuerdo cómo lo vi correr tras el balón, buscando ese gol que le había
prometido al periodista Óscar Cortés Mendivéz en el Hotel de Turistas, hoy
convertido en la “Casa Andina”. Y sí, su sueño se hizo realidad: un derechazo
soberbio, el balón golpeó el travesaño, bajó como si el destino lo quisiera
ahí, y se metió. ¡Sí! Más de 10,000 voces se unieron en un grito que retumbó en
el cemento. ¡Ese pendejo es de mi barrio! gritaba, como si mi alma se hubiera
soltado en ese momento. ¡Curita! Lo llamaba como un loco. Estaba tan emocionado
que, sin pensarlo, me abracé al causa del barrio San Antonio… ¡putamare! Y
después de la explosión de alegría, reaccioné, y le dije: “Perdón, causa, no
causita. ¡Qué va! Ese gol vale oro. ¿Viste cómo corre? ¡Es uno de los
nuestros!” Jajaja, no podía dejar de reír. Aquella jugada me llevó a recordar
tantas tardes de salidas barrunteras… ¡jajajaja!
Pastor, el arquero del volante de Bambamarca, se quedó como clavado en el
césped, en un silencio absoluto, mientras el balón pasaba rozando su alma.
Hoy, con mis cuarenta y tantos, recuerdo a ese amigo de la infancia que,
aunque diferente, sigue siendo el mismo Curita de aquellos días, con algunas
transformaciones, claro. Hoy está en su mundo, haciendo lo que le apasiona,
luchando por sus sueños. Pero sigue siendo el Curita, mi compare, aquel chico
de los 100 metros que dominaba la pista como si fuera suya, aunque en
matemáticas… jajaja, no pasaba ni la primera.
Aquel mismo Curita que, en su infancia, también fue lustrabotas, con su
cajón de madera que le hizo “cacerola”, porque ya sabía lo que era el trabajo,
era carpintero de alma.
Hoy, después de tantas historias, tantos años de palomilladas, miro atrás
con nostalgia, recordando a mi amigo en su forma más sencilla, más pura. La
película parece estar por terminar, pero sé que tendremos otra función
barruntera, porque el barrio nunca se olvida.
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