La Vida Después del Fútbol
Castro Ruz, con su voz impregnada de pasión,
lanzó un discurso que se me quedó grabado:
“Este mundo pobre, este mundo estancado, solo se podrá librar de sus miserias
con la aplicación de la técnica y de la ciencia.”
Y en las palabras de Julio Ramón Ribeyro:
“Quien no ha sentido la tristeza en el fútbol, no sabe nada de la tristeza.”
Mi vida comenzó en una mañana gris, cuando mi
madre me expulsó de su vientre materno entre esteras y adobes, entre los gritos del parto y las
esperanzas que, como siempre, se abrían paso. A pesar de todo, nací como un
bebé robusto y lleno de vitalidad.
Seguro, tras haber soportado nueve largos meses, me acurruqué en su pecho, y
con el primer respiro, probablemente lancé un grito, no tan grosero como un
“¡Muchacho de mierda, mamón!”, pero con la misma fuerza con la que llegué al
mundo. No, no creo que haya sido así. Mi madre era una rosa, una dulzura, una
mujer luchadora que me abrazó con amor desde el primer día.
Mis primeros pasos fueron sobre la tierra de
mi barrio, Dávila, hoy conocido
como José Olaya, ese rincón que
me vio nacer el 26 de febrero. Recuerdo poco de esos años de infancia, pero
dicen que mi cabello era largo, castaño y ensortijado. Lo que sí recuerdo con
claridad es que, a los diez años, ya me tomaron una foto mientras corría y
saltaba por las calles. La Industria,
el diario local, me había dado su primer espacio, marcando el comienzo de mi
camino, de la velocidad que me definiría.
Es curioso pensar que el mismo 26 de febrero,
el gran Fidel Castro, con su
visión de la revolución, nos recordaba que solo a través de ella podríamos aplicar
la técnica y la ciencia en beneficio de todos. Un discurso que sigue resonando
en mi memoria, un eco de los ideales que, como el fútbol, no conocen fronteras.
En esos días, la vida era una mezcla de juegos
y risas. Recuerdo el bullicio de los vendedores:
“¡Marcianos, marcianos de leche con coco, tamarindo, lúcuma, marcianos,
marcianos!”.
Así amaba la vida: como un niño travieso, dibujando sueños en cada rincón de la
calle, rodeado por la gente que, como yo, soñaba despierta.
El balón fue mi amigo eterno, compañero de la
infancia, testigo de mis días de gloria y de lucha. El diciembre de 1990 quedó grabado en mi memoria y en un
rincón secreto de mi corazón. Ese gol que le prometí a Óscar Antonio Cortés Mendívez, a la salida del Hotel de Turistas, fue uno de esos
momentos que el alma nunca olvida.
El locutor, atropellando sus palabras,
anunciaba cada jugada, cada pase, cada remate. Y allí estábamos nosotros,
jugando, celebrando, viviendo. Inca Kola, la bebida de nuestro país, acompañaba
esa tarde de fútbol. Terminamos ganando uno
a cero, y no hubo bronca ni en la cancha ni entre las hinchadas, solo
el eco de la alegría que se desbordaba.
A esa hora final de la tarde, 22 corazones
jugaban con intensidad, mientras el sol se hundía en el horizonte, a toda velocidad,
persiguiendo el balón. El campo se llenaba de pies descalzos, levantando polvo,
creando una multitud teñida de rojo que se abrazaba como si fuera la última
jugada del partido.
¿Al
fútbol se juega en el estadio?
No, al fútbol se juega en la playa,
en la calle,
en el alma.
El balón es el mismo, su forma sagrada no cambia.
Los jugadores, cuyos cuerpos se desfiguraban
en sombras largas sobre el césped, no sabían que, en ese instante, los niños,
los jóvenes, los viejos, eran testigos de esa tarde irrepetible, de ese momento
que nunca se volvería a repetir.
Cuando miramos entre las brasas del atardecer,
entre los últimos rayos de luz, vimos el estadio como el templo sagrado de
muchos peloteros que algún día acariciaron el balón. Hoy, al recordar, el campo
guarda en su memoria esos momentos, esos sueños. En algún rincón de su corazón,
la “gordita” aún estará allí,
quieta, adormecida, esperando volver a rodar.
Para
los que hemos jugado, el momento del retiro es complejo, como un desgarro
interno. Es dejar atrás una actividad apasionante, a la que le hemos entregado
la vida. Abandonar los entrenamientos, los vestuarios, los días de gloria.
Dejar de ser el centro de atención, dejar de ser parte de la celebración. ¿Y
eso, a los … años? Difícil de superar, ¿verdad? Pero como todo en la vida,
llega un momento en el que debemos dejar ir lo que nos hizo soñar.
Me quedo con la frase " como un desgarro interno" dejar una actividad apasionante, a la que entregamos mucho
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