lunes, 24 de febrero de 2025

"La Cuadra: El Refugio Perfecto para el Descanso"

 

"La Cuadra: El Refugio Perfecto para el Descanso"

La cuadra era nuestro refugio, nuestra casa grande, el lugar donde se entrelazaban risas, sudor y camaradería. Un espacio que albergaba a casi 30 soldados: cabos, sargentos, y sargentos reenganchados, todos unidos en ese mundo de uniformes y rutinas. Allí se forjaban los lazos, entre historias compartidas, bromas de cuartel y ese aire de complicidad que solo el tiempo en servicio sabe regalar.

Las noches en la cuadra eran de confesiones, de charlas interminables que se extendían hasta el último resquicio de la oscuridad. Pero al amanecer, cuando el sol apenas rozaba el horizonte, la tranquilidad se desvanecía. El grito de la diana nos despertaba a todos con la crudeza de un balazo al aire. ¡A formar! Y de ahí, cada quien a su destino: unos a lanzar pichana, otros a limpiar el comedor, y los menos afortunados al malacate… ¡Uff! Ese sí que era un lugar donde nadie quería ir.

Tras el entrenamiento físico, la ducha de rigor y la rutina diaria, volvía la calma, pero solo por un instante. A la noche, la cuadra se transformaba. El ambiente se relajaba después de la cena, después de formar, y entonces, por fin, podíamos mostrarnos tal como éramos. "¡Es mi mansión!" exclamaba uno de los nuestros, con orgullo infantil, como si su “casa” contara con un gimnasio, una piscina y todo lo que sus sueños podían imaginar. Claro, todo era parte de nuestra pequeña utopía. ¡Qué lujo, verdad! Pero, en ese rincón del mundo, nuestras risas eran tan grandes como nuestras fantasías.

Y cuando las luces se apagaban, comenzaba la joda. El sonido de los chasquidos –mezcla de risas y bromas traviesas– flotaba en el aire. Ese aroma de rosas y limón... ¡Jajaja! Parecía que estábamos en medio de una guerra de torpedos, una guerra de carcajadas. Mi cuadra, mi hogar, mi espacio sagrado.

El colchón se apretaba, las camas gemían bajo el peso de la diversión. Dormíamos en camarotes que ya pedían a gritos una renovación, pero eso no importaba. El que dormía abajo no dejaba de joder, empujando con los pies al que dormía arriba. Y, como respuesta, las chancletas o las ojotas caían como proyectiles sobre la cabeza del otro. ¡Una verdadera fiesta! Claro, hasta que el sargento reenganchado, ese viejo lobo de mar, se ponía bravo y soltaba: "¡Duerman, perros, que mañana toca masacre!" Y, al instante, todo quedaba en silencio, como si la orden del mando hubiera detenido el tiempo.

Esos eran los tiempos, los tiempos que hoy solo existen en mi memoria, grabados como una película que sigue rodando en mi mente. Un filme de risas, de cansancio, de esfuerzo y, sobre todo, de esa camaradería que solo la cuadra sabe ofrecer. Hoy, los recuerdos de esos días son mi refugio y mi nostalgia, como un eco lejano que nunca dejará de resonar.

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