"La Cuadra: El Refugio Perfecto para el Descanso"
La cuadra
era nuestro refugio, nuestra casa grande, el lugar donde se entrelazaban risas,
sudor y camaradería. Un espacio que albergaba a casi 30 soldados: cabos,
sargentos, y sargentos reenganchados, todos unidos en ese mundo de uniformes y
rutinas. Allí se forjaban los lazos, entre historias compartidas, bromas de
cuartel y ese aire de complicidad que solo el tiempo en servicio sabe regalar.
Las noches en la cuadra eran de confesiones, de
charlas interminables que se extendían hasta el último resquicio de la
oscuridad. Pero al amanecer, cuando el sol apenas rozaba el horizonte, la
tranquilidad se desvanecía. El grito de la diana nos despertaba a todos con la
crudeza de un balazo al aire. ¡A formar! Y de ahí, cada quien a su destino:
unos a lanzar pichana, otros a limpiar el comedor, y los menos afortunados al
malacate… ¡Uff! Ese sí que era un lugar donde nadie quería ir.
Tras el entrenamiento físico, la ducha de rigor
y la rutina diaria, volvía la calma, pero solo por un instante. A la noche, la
cuadra se transformaba. El ambiente se relajaba después de la cena, después de
formar, y entonces, por fin, podíamos mostrarnos tal como éramos. "¡Es mi mansión!" exclamaba
uno de los nuestros, con orgullo infantil, como si su “casa” contara con un
gimnasio, una piscina y todo lo que sus sueños podían imaginar. Claro, todo era
parte de nuestra pequeña utopía. ¡Qué lujo, verdad! Pero, en ese rincón del
mundo, nuestras risas eran tan grandes como nuestras fantasías.
Y cuando las luces se apagaban, comenzaba la
joda. El sonido de los chasquidos –mezcla de risas y bromas traviesas– flotaba
en el aire. Ese aroma de rosas y limón... ¡Jajaja! Parecía que estábamos en
medio de una guerra de torpedos, una guerra de carcajadas. Mi cuadra, mi hogar,
mi espacio sagrado.
El colchón se apretaba, las camas gemían bajo
el peso de la diversión. Dormíamos en camarotes que ya pedían a gritos una
renovación, pero eso no importaba. El que dormía abajo no dejaba de joder,
empujando con los pies al que dormía arriba. Y, como respuesta, las chancletas
o las ojotas caían como proyectiles sobre la cabeza del otro. ¡Una verdadera
fiesta! Claro, hasta que el sargento reenganchado, ese viejo lobo de mar, se
ponía bravo y soltaba: "¡Duerman, perros, que mañana toca masacre!"
Y, al instante, todo quedaba en silencio, como si la orden del mando hubiera
detenido el tiempo.
Esos
eran los tiempos, los tiempos que hoy solo existen en mi memoria, grabados como
una película que sigue rodando en mi mente. Un filme de risas, de cansancio, de
esfuerzo y, sobre todo, de esa camaradería que solo la cuadra sabe ofrecer.
Hoy, los recuerdos de esos días son mi refugio y mi nostalgia, como un eco
lejano que nunca dejará de resonar.
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