La Hora del Rancho: Un Banquete de Guerreros
El rancho
es mucho más que una simple comida: es la esencia misma de la supervivencia
diaria para un ejército. Se refiere tanto al sustento que se prepara para un
gran número de personas, como los soldados, como al espacio en donde se
distribuye esa ración, el lugar donde la espera y la cola se convierten en una
suerte de ritual. "La hora del rancho" no es solo un momento de
alimentación, es una ceremonia, un encuentro donde los ánimos se mezclan, las
historias se cuentan y las bromas se lanzan al aire, mientras las cucharas se
mueven al ritmo del hambre.
Cambiar la siempre repetida menestra guisada y
el arroz amarillo por un delicioso pollo enrollado o un sabroso pollo al sillao
era un sueño, una fantasía que se desvanecía con la rutina diaria. Sin embargo,
este "mejoramiento de rancho" ocurría, casi como por arte de magia,
solo cuando el General de Brigada
visitaba el fuerte para realizar la inspección de la tropa. Entonces, la magia
sucedía: el rancho se transformaba en algo digno de reyes, o al menos de
soldados que sabían que estaban en presencia de algo especial.
Recuerdo aquellos primeros días en el fuerte,
cuando los soldados antiguos, los cabos, los sargentos, todos querían estar a tu
lado. Nadie podía escapar de su compañía; su presencia se volvía inevitable,
como una sombra que se alarga en la tarde. Pero, al mismo tiempo, su cercanía
era un signo de bienvenida, de aceptación en un mundo donde las jerarquías y el
compañerismo se funden en una sola unidad.
El mejor menú que llegué a probar en esos días
fue el famoso "menjunje".
¡Qué maravilla de creación! Ni pacífico, ni limón, ni ocho cuartos… ¡Una
combinación divina! El menjunje
era todo en uno: arroz, sopa, refresco y hasta el postre, todo al mismo tiempo,
sin distinguir sabores ni presentaciones. ¡Qué delicia! Nadie necesitaba más,
y, si alguien osaba criticarlo, le bastaba pensar en la siguiente frase:
"¡Qué tía Julia ni tanta vaina!" Como si el rancho fuera la obra maestra
de una abuela que, sin esfuerzo, lograba lo impensable: alimentar el cuerpo y
el alma en un solo plato.
Nunca
olvidaré ese sabroso rancho gourmet para los soldados. Porque, al final, el
sabor no dependía solo de lo que había en el plato, sino del contexto: la compañía,
las historias, el cansancio acumulado, la camaradería. La hora del rancho no era solo un momento para comer;
era el instante de la unión, de la risa compartida, de la promesa de que, a
pesar de todo, seguiríamos adelante, juntos.
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