lunes, 24 de febrero de 2025

A mis amigos (a)-PRESENTACIÓN

 

A mis amigos (a)

Quiero compartir con ustedes, mis amigos (a), compañeros y conocidos de este camino, mis anécdotas, esas que pude escribir en los días inciertos de la pandemia. En esos momentos, cuando el tiempo parecía detenerse, aproveché cada espacio que se me ofreció para seguir puliendo mis relatos, para descubrirme en cada palabra, para mejorar. Sé que no soy un narrador experimentado, pero creo que he logrado plasmar lo que he vivido, lo que he sentido a lo largo de mi vida. Y quizás, más que una historia, estos escritos son el reflejo de un proceso: el mío y, quizá, el de muchos de ustedes.

Los títulos de mis relatos son fragmentos de mi vida, escritos a lo largo de los meses de pandemia, una época que, aunque llena de incertidumbre, también fue un espacio para la reflexión y el reencuentro conmigo mismo. En ese tiempo de confinamiento, mis palabras fueron la forma de ordenar los recuerdos, de entender lo que había sido y lo que podía llegar a ser. Cada uno de estos relatos, nacidos de las sombras de esos días, está impregnado de un pedazo de mi historia, de mis vivencias en distintos lugares, de mis experiencias en el Ejército, de los días en que el fútbol fue mi refugio, las vivencias del barrio, de las luchas internas y externas que me marcaron.

Creo firmemente que, como seres humanos, estamos en un constante proceso de construcción y reconstrucción. Es un viaje que nunca termina, en el que nos transformamos, nos replanteamos, crecemos. Y en cada uno de estos pasos, lo que escribo es un testimonio de ese camino. No busco ser un escritor perfecto, ni pretendo tener todas las respuestas, pero me atrevo a compartir mi experiencia, mi voz, con la esperanza de que podamos crecer juntos, de que podamos leer y escuchar las historias que nos conectan, aunque a veces nos lleguen en la oscuridad, como un faro que solo se deja ver cuando la tormenta ya ha pasado.

Espero, sinceramente, que reciban estas líneas no solo como un relato, sino como un pedazo de mi vida, y que puedan hacer una crítica constructiva, un análisis que me ayude a seguir mejorando. Al fin y al cabo, todo es parte de ese proceso de aprendizaje que nos define como seres humanos, un proceso que no termina, porque siempre hay algo nuevo por descubrir, algo más por contar.

Cada palabra, cada frase, tiene la huella de lo vivido, de esos días que la pandemia transformó en un espacio de introspección y reencuentro. Que estas palabras, escritas en medio de la incertidumbre, puedan ser un puente para entendernos mejor y para seguir creciendo juntos.

                                                                 Camilo David Cienfuegos Adrianzén

 

¿Y después del ejército? ¿Qué sigue?

 

¿Y después del ejército? ¿Qué sigue?

Era 1985. Mi vida estaba en un punto indefinido. No sabía qué hacer: si continuar con el fútbol, buscar trabajo o estudiar. Una mañana, después de las 9 a.m., salí como siempre a pararme en la ventana de la tienda de doña "Pancha". Me pasé unos diez minutos observando a la gente que entraba y salía. De repente, apareció el "NEGRO" MACUMBA, un compañero de mi barrio.

Negro, estoy en las nubes. Aquí no pasa nada.
Curita, vamos a la selva, causa. Allá hay trabajo y puedes jugar. La vas a romper, vago.
Pucha, le respondí, esto es misión imposible, quiero escapar. Aquí no sucede nada.
Vamos, yo te pago el pasaje. Salimos esta noche, habla.
Vamos, le contesté.

Le dije a mi madre que me iba con el negro a la selva, a trabajar y a jugar. Ella se preocupó un poco, pero al final... también se sintió un poco aliviada. ¡Uno menos!

A las 7 p.m., con mis pocas pertenencias guardadas en un maletín, salí rápido a encontrarnos.

Negro, ya estoy listo para fugarme.
Vamos, curita.

Caminamos hasta la salida de Lambayeque, donde los camiones y buses se estacionaban para pernoctar. Después de un rato, vimos uno con destino a Tarapoto que se detuvo.

Negro, ese es. ¡En ese nos vamos!
Corre, comparito.

Ya instalados en el camión de carga, el nerviosismo me invadió. Emprender esa aventura, dejar atrás mi barrio... ¡mi corazón latía acelerado! El viento me azotaba la cara y el aire helado se colaba por mi pantalón. El viaje fue largo y pesado. El frío se sentía en los huesos y mi colcha, tan delgada, apenas nos cubría.

Atravesamos el cuello, el pistolero, el cruce a Jaén, Bagua Grande, y, con la noche, el aroma a selva comenzó a invadir mis sentidos. Nos quedamos dormidos hasta que una voz nos despertó.

Bajen a merendar. Ya llegamos a la laguna de Pedro Ruiz.

Negro, hay que bajar.
Ya, curita, vamos.

Una vez en la parte baja, me miró y le dije:

Negro, estoy misión imposible.

Él me contestó:
Yo también.

Nooo, en serio.
—Sí, hermano. ¿Y ahora? ¿Cómo pagamos cuando lleguemos al puente Bolivia?

Esa noche nos ocultamos entre unos matorrales hasta que el chófer y su ayudante se marcharon. Dormimos en el "hotel" Piso, donde el cemento y la laguna acariciaban nuestros cuerpos cansados, mientras nuestros estómagos rugían de hambre. A las 6 de la mañana, nos despertamos rápidamente, organizamos nuestras cosas y le pregunté al negro:

¿Y ahora qué sigue? ¿Cuál es el plan?
El negro me miró y respondió con su característico tono:
Déjate de tonterías, ¿cuánto tienes de plata? Uuummm… total, eres raya... jajaja.
Solté una risa, y él también.
Curita, ya hemos recorrido un buen trecho sin gastar ni un sol.
Entonces, le respondí con una sonrisa:
Vamos, sigamos así hasta llegar, pero aguanta, causa, hay que meterle algo al estómago.
Ya, contestó el negro.

Nos regalamos un delicioso desayuno: bizcochos y un “marciano”… jajaja.
Después, levantamos el pulgar y seguimos nuestra travesía hasta Moyobamba, viajando en una cisterna. Ya en Moyobamba, nos encontramos con un policía. Le metimos nuestra historia, le dimos un poco de "letra" y, con algo de suerte, nos consiguió un camión que nos llevaría más lejos.

Y nos fuimos...

Ya en la cisterna que el poli nos había conseguido, nos acomodamos en la tolva, dejando que el aire nos acariciara suavemente. Era un aire fresco que llevaba consigo un perfume a tierra húmeda y plantas silvestres, un olor que solo la selva podía regalar. Mientras avanzábamos hacia el “Puente Bolivia,” un pequeño centro poblado del distrito de Shanao, me quedé hipnotizado observando la vasta sabana de vegetación que cubría esa parte de nuestra selva peruana, como una alfombra interminable que parecía tragarse todo a su paso.

El negro "Makumba," adormecido por el viaje, no dejaba de bostezar y me decía, algo cansado:
Curita, ya estoy harto de tanto mirar el paisaje.
Pues tú ya eres un caserito por estos lares, le respondí.
Mira, me dijo, señalando a lo lejos, ya vamos a llegar a “Tabalosos.”

No tardé en divisar a los primeros pobladores de ese lugar, caminando por la berma con machete en mano, palas y picos, limpiando las orillas de la pista. De repente, el negro lanzó un grito que casi me saca el corazón del pecho.
¡Mira, ya estamos cerca del “Puente Bolivia”! Aquí —me dijo—, te voy a presentar a un pata para que trabajes y juegues al fútbol.

¡Tío, tío, tío! —gritábamos al unísono.
Aquí bajamos —mientras tocábamos el techo de la cabina.

¡Ya, carajo! Tanta bulla, y encima ni un puto sol van a pagar.
Ya, tío, discúlpenos, le dije apresurado, mientras, con agilidad, nos deslizábamos hacia el suelo, dejando atrás la cisterna que nos había sido compañera durante el largo trayecto.

¿Y ahora qué sigue? —le pregunté al negro, con la ansiedad de quien no sabe si el siguiente paso será un salto o una caída.
El negro se mataba de la risa.
Espera, pues. Bien apurado eres. Vamos a esa casita. Allí vamos a comer y luego te presento a mi pata.

Entramos a la casa, saludamos a los dueños. El negro “Makumba” ya era como de la casa, se notaba en la manera en que los trataba.
¿Qué tal, negrito? —le dijo la señora.
El negro respondió con su tono relajado:
Bien, seño. Aquí, de pasada. Más tarde me voy a Tarapoto a llevar merca.
Señora, continuó el negro, le presento a mi amigo. Él se va a quedar a trabajar en la carretera y también a jugar por Shanao.
Yo, un poco avergonzado, respondí al saludo, con la timidez de quien se siente un extranjero en su propio país:
¿Cómo está, señora? Es un gusto conocerla.
Gracias, igualmente, me dijo ella, con el dejo cálido y acogedor de los lugareños.

En ese instante, apareció una joven huambrita, de ojos marrones como el café y el cabello ondulado, con la piel blanca como la luna en una noche despejada. Era la hija de la dueña, y, por lo que pude ver, novia del capataz encargado de la construcción de un tramo de la carretera. No pude evitar sentir una pequeña chispa de interés por ella, no lo voy a negar. Estaba en algodón.

Cerca de la 1:00 p.m., apareció por la puerta del comedor un hombre bajo, de aproximadamente 1 metro 50, con el cabello ondulado y los ojos vivaces. El negro lo saludó con la familiaridad de un viejo amigo:
Hola, Hugo.
¿Qué tal, mi hermano? —respondió el otro.
Aquí, llegando, le dijo el negro, ven, te voy a presentar a un paisano de Chiclayo.

El tipo se acercó, me dio la mano y respondí al saludo con algo de inseguridad. El negro le comentó que quería trabajar y jugar al fútbol.
Ah, ¿eres pelotero y de qué barrio? —me preguntó, con esa curiosidad típica de quienes viven en lugares alejados.
De José Olaya —le respondí, con un poco de orgullo.
Ya, comparé, vas a pelotear por Shanao y te voy a dar chamba en la carretera.

¡Chucha! pensé para mis adentros. Agárrate de esa flor… jajaja, ya estaba contratado, no había vuelta atrás.

En ese instante, el capataz se acercó a la huambrita y le lanzó un beso que hizo que mi mente se nublara por un segundo.
Uuuy, carajo, nos jodimos —pensé para mí mismo, mientras la realidad comenzaba a pegarme fuerte en la cara.

Finalmente, llegó la hora de la comelona. No saben cómo devoré mi primer almuerzo selvático. Estaba delicioso. La señora había preparado un churumbo acompañado de un refresco helado de cocona que, en ese momento, me supo a gloria.

El negro “Makumba” soltó el rollo:
Curita, yo te dejo. Ya estás bien, me voy a Tarapoto a vender mi merca.
Mierda, me soltaron y me dejaron solo... jajaja. No pude evitar reír, pero era más por los nervios que por la diversión. ¿Qué hago ahora? pensé, mientras sentía que mis pasos me llevaban hacia algo que ni yo mismo podía prever.

La despedida del amigo

Eran casi las 7:00 p.m. cuando le dije al negro:
Compadrito, ¿y ahora en qué hotel dejo estos huesos magullados por el viaje? jajaja.

El negro soltó una carcajada que resonó en la quietud de la selva y, señalando hacia arriba, me respondió:
¿Ves esa chocita en la lomita, al lado del río Mayo?
, le respondí, mirando la pequeña casa que apenas se distinguía entre las sombras.
Ahí será tu hotel cinco estrellas. Como tú, que eres una estrella... aunque fugaz. Ahí está, jajaja.
Hablas bonito, barrio, le contesté, sonriendo.
Sí, curita, continuó él, por ahora te quedarás allí hasta el domingo. Después del partido, la gente del equipo verá que estás en algodón y, te lo aseguro, te van a contratar para jugar. Entonces, te vas a quedar a vivir en Shanao.

La noche, como si quisiera despedirse también, comenzó a caer con más fuerza. El trinar de los pájaros y el canto de las alimañas me envolvían, como si todo el bosque estuviera cantando su propia despedida. El río Mayo, con su curso triste y sereno, serpenteaba por debajo del Puente Bolivia, como si también quisiera alejarse, pero sin prisa, sin rencor.

El negro "Makumba" miró el reloj, una de esas horas en las que el tiempo parece detenerse, y dijo:
Curita, ahora sí llegó el momento de partir. Ya sabes, tranquilo, la vas a hacer linda. El domingo bajo para ver el partido.
Ya, comparé, le respondí, con la voz cargada de emoción.

En ese instante, un ómnibus se estacionó en el Puente Bolivia, el motor rompiendo el silencio de la selva. El negro fue uno de los pasajeros, y aunque no lo dijo, sentí que su partida marcaba el fin de un capítulo, el cierre de un ciclo en ese viaje que apenas comenzaba.

 

El hotel cinco estrellas

El silencio de la noche se apoderaba del entorno, solo interrumpido por el suave murmullo del río Mayo, como una melodía lejana que me arrastraba a otra dimensión. Era mi primera vez en la selva, y el canto de los grillos y el susurro de las alimañas parecían perforar mis nervios, como si cada sonido fuera un eco lejano de lo desconocido. Mientras caminaba, mi mente volaba hacia mi hogar, esa sensación reconfortante de estar en lugar seguro. Y me preguntaba: ¿Qué hago yo aquí, en medio de este puente y este río, perdido en la oscuridad?

Ya en la pensión, cuando el resto se retiraba a descansar, me acerqué a Hugo, el capataz que me había contratado para trabajar, y le pregunté, con la incertidumbre invadiendo mi voz:
Hugo, le dije, ¿dónde voy a dormir?

Él me respondió, con la calma propia de alguien que ya ha vivido esas noches:
Espera, voy a traer una linterna para alumbrarte en el camino hacia tu cuarto.

Caminé tembloroso entre la densa vegetación, mi cuerpo acompañado solo por el murmullo constante del río, como un ser colosal que serpenteaba en la oscuridad. Cada paso parecía alejarme más del mundo conocido, sumergiéndome en el vasto silencio de la selva, una selva que susurraba secretos que no estaba seguro de querer escuchar.

Al llegar a mi "cuarto", empujé la puerta con cautela. El umbral se abrió hacia un espacio vacío, donde solo el polvo y las sombras ocupaban el lugar. Arañas negras, como sombras vivientes, se deslizaban por las paredes, mientras hormigas marchaban en columnas, recorriendo la tierra. Era como si la habitación misma respirara una vida que no comprendía. Bajé la mochila, saqué una cerilla, y con la llama titilante intenté ahuyentar a las alimañas que rondaban. El fuego danzaba como un pequeño faro, tembloroso, en medio de la oscuridad.

El miedo se apoderaba de mí; temía que alguna criatura nocturna se acercara a mi piel vulnerable, a mis pies desprotegidos en el suelo. Esa noche, el miedo se convirtió en mi único compañero. Iluminaba cada rincón del cuarto, como si intentara descubrir lo que se escondía en las sombras, pero las sombras nunca me revelaron sus secretos. El "hotel cinco estrellas" no era más que un refugio improvisado en medio de la selva, un lugar donde la naturaleza reclamaba su territorio y yo era solo un visitante más.

A las tres de la mañana, exhausto y derrotado por el cansancio, dejé la colcha tirada en el suelo. Colocando mi mochila como almohada, me dejé caer, sintiendo cómo el frío de la tierra subía por mis huesos. Cerré los ojos, buscando refugio en el sueño, como si al dormir pudiera escapar de la inmensidad de la selva. Pero la selva no me dejaría escapar tan fácil. En esa noche interminable, me dejé atrapar por el sueño, con la mente llena de preguntas sin respuesta.

Domingo de gloria y lunes de resurrección

"Mientras más es el dolor, mayor es la victoria."

El canto de los pájaros y los primeros rayos del sol se filtraban entre las rendijas de los carrizos, despertándome suavemente. El astro rey acariciaba mis ojos con su luz dorada. ¡Era domingo! ¡El gran día había llegado! Mi cuerpo, un campo de batalla de cansancio, se quejaba por la suavidad de mi colchón que, aunque parecía un paraíso, no dejaba de recordarme cada músculo adolorido. A regañadientes, me levanté. Molido y medio dormido, caminé hacia el río para saludarlo, por haberme cuidado durante la noche. El Mayo, en su calma, me ofreció su agua fresca como un abrazo renovador. Lavé mi cara, mojé mi cabello, limpié mis dientes y tomé el camino de regreso a la pensión.

Pero este no era un domingo cualquiera. Al cruzar el umbral de la puerta, la vi. Sus ojos, esos ojos hechiceros que parecían tener el poder de deslumbrarme, me atraparon al instante. Con una sonrisa suave, me saludó:
Buenos días, joven.
Los demás comensales iban llegando poco a poco, pero mis ojos, como si fueran imanes, no podían dejar de seguirla. Era como un péndulo, atrapado en su propio tiempo, tratando de alcanzar sus pasos, que caminaban con una cadencia tan natural como un río que fluye sin esfuerzo.

Fue entonces cuando apareció un hombre que conocía del barrio: "Calambrito". Nos miramos, y al instante ambos soltamos el saludo al unísono, acompañados de una risa que brotó espontáneamente. Nos apretamos las manos como dos viejos amigos que se reencontraban después de mucho tiempo.

¿Y Curita, ¿qué haces por estos lares? —me preguntó, con su voz llena de sorpresa y alegría.
Le respondí que había llegado con el negro "Makumba" para trabajar y, de paso, jugar un poco.
Ah, ya comparito, está bien. ¿Y tú qué haces aquí?
Yo estoy trabajando en la compañía IGZA, en la chancadora de allá enfrente, me contestó con una sonrisa en los labios.

Calambrito era un experto soldador eléctrico. En el barrio, lo conocían como el rey del soplete, un hombre hábil y preciso que lograba transformar el metal con una destreza que rozaba la poesía. Pero, como muchos, tenía sus debilidades, y su "pastita" era una de ellas. Aunque nunca supe cuándo ni cómo le rompieron el hocico, siempre lo vi como un buen tipo, uno que vivía su vida sin meterse con nadie. Su mantra era vivir el momento.

Nuestra conversación se alargó entre risas y recuerdos del barrio, las bromas y las historias que nos seguían como sombras. Le dije:
Calambrito, hoy a las 3:00 p.m. juego un partido.
Ya, bacán, me respondió. Allí estaremos.
Nos despedimos con un apretón de manos, y me dirigí de nuevo hacia el hotel “cinco estrellas”.

Caminando solo, la nostalgia me envolvía. Mi mente era un torrente de preguntas sin respuesta. ¿Qué hago aquí? ¿Qué me depara este destino extraño? Al llegar, toqué la puerta del hotel, y el botones, siempre amable, me recibió con una sonrisa.
¿Tiene agua temperada? le pregunté, buscando una respuesta sencilla para mi cansancio.
Señor, ¿no recuerda que este es un hotel “cinco estrellas”?
¡Jajaja! respondí, aliviado por la broma que me arrancó una sonrisa.
Perdón, le dije, lo había olvidado de tanto pensar.

Saqué mi colcha de la mochila, dispuesto a descansar. Pero el sueño no llegaba. Las imágenes, los sonidos, las emociones se entrelazaban en mi cabeza como una telaraña, creando un enredo que me mantenía despierto. Todo parecía suceder tan rápido, como un sueño que se escapa en la vigilia. Solo pude quedarme quieto, mirando las sombras danzar en las paredes. El canto de los pájaros, como un canto lejano y acogedor, y el río Mayo, con su dulce y constante murmullo, me arrullaron lentamente, hasta que el cansancio me venció y por fin caí en un sueño profundo.

Mi reloj biológico y los fuertes vientos con olor a lluvia me despertaron a la 1:00 p.m. En un instante, mi cuerpo reaccionó, y sin pensarlo, saqué mi jaboncillo y bajé al río, decidido a bañarme. El miedo me acompañaba, un temor irracional hacia el agua que, a pesar de su tranquilidad, me resultaba intimidante. Con cada paso hacia la orilla, sentía la brisa fresca del río Mayo acariciando mi piel, pero también una inquietud latente que me obligaba a apurarme. Finalmente, logré bañarme, rápido, casi como si temiera que el agua pudiera llevarme con ella.

Volví a la pensión, más descansado, con la determinación de darlo todo en el partido de las 3:00 p.m. El almuerzo fue justo lo que necesitaba, un buen comienzo para mi debut. La huambrita que nos atendió no solo nos sirvió con cortesía, sino que, con una sonrisa juguetona, me preguntó si quería repetir.
¿Repetición?
Sí, mamita, pero después del partido.
Lo dije en tono de broma, pero la verdad es que mi apetito no era tan grande como mi ansia por el partido.

Ya no regresé al hotel “cinco estrellas”. Esa era mi última vez allí, lo había decidido. Aunque el río Mayo y el canto de los pájaros me acompañaban con su serenidad, la atención del hotel había sido tan miserable que decidí no volver. ¿Qué joder la vida, verdad?

Salí de la pensión y me paré en el Puente Bolivia, mirando cómo el río Mayo serpenteaba con calma, una vista que, a pesar de mi turbulencia interna, me relajaba. En ese momento, un grupo de niños se acercó y me preguntaron con curiosidad:
¿Usted va a jugar hoy por Shanao?
, les contesté, con una sonrisa. ¿A ustedes les gusta el fútbol?
¡Sí! gritaron, sus ojos brillando con entusiasmo.
Hoy vamos al estadio, les dije, haciéndoles un guiño.

Uno de los niños, con una inocencia que me hizo reír, preguntó:
¿Y usted por qué no se corta el pelo?
Solté una risa amplia, una carcajada que me salió sin querer.
Me siento bien así, con el pelo largo. Me da fuerzas para jugar.
Ellos rieron también, el sonido de su alegría acompañó la risa en el aire.

Fue entonces cuando apareció Hugo, en su moto lineal, y me dijo:
Sube, vamos a Shanao, la gente te espera.
El camino era todo menos recto. Era una trocha polvorienta, y en tan solo diez minutos llegamos a Shanao, el lugar donde dejaría mi huella.

La moto se estacionó frente a una casa grande. Bajamos y Hugo saludó al presidente de la institución, quien me dio la mano con una firmeza que revelaba respeto.
Te presento a un nuevo integrante del equipo.
Mucho gusto le respondí, aún sintiendo esa mezcla de emoción y nervios.
El gusto es mío, señor contestó él con una mirada franca.

Uno a uno fueron llegando los demás jugadores, hasta que a las 2:20 p.m. partimos hacia el estadio, el campo que se preparaba para ser testigo de una tarde que quedaría grabada en mi memoria.

Al llegar, nos sentamos y comenzaron a repartir los uniformes. No pedí el mío; solo esperé a que me lo alcanzaran. Finalmente, llegó el momento de cambiarse. En la formación del equipo, estaba entre los once elegidos. Comenzamos a calentar motores, esa sensación de adrenalina al principio de cada partido, la magia que se apodera de tu cuerpo.

El pitazo inicial sonó y la lluvia comenzó a caer suavemente, como si la naturaleza también celebrara el inicio del juego. La combinación del balón, la lluvia y el viento creó una atmósfera única. El río Mayo parecía reír desde lejos, alimentado por la lluvia, como si nos mirara y disfrutara del espectáculo. Cuando el balón llegó a mis pies, lo sentí como si estuviera manejando una moto. Lo prendí, sentí el rugir de su acelerador bajo mis pies. Zigzagueaba, driblaba, centraba con la precisión de un cirujano. El partido tomó temperatura rápidamente, y la lluvia aumentó su ritmo, golpeando el campo como un tambor.

Jugué con todo, con corridas, dribles, fintas, remates que me aseguraron un lugar en Shanao. Después del partido, la gente comenzó a felicitarme. Los niños corrían detrás de mí, como una nube de admiración. Los hombres me miraban con respeto y, entre risas, uno dijo:
¡Este es un diablo corriendo!
Su comentario me arrancó una sonrisa, y sentí que había dejado mi huella en el corazón de Shanao.

Esa tarde, ya no regresé al hotel “cinco estrellas”. Mi nuevo hogar estaba aquí, entre los aplausos y el cariño de la gente. La noche caía entre copas de cerveza, tragos cortos y risas compartidas. Ya tenía mi cuarto asegurado, buena comida y trabajo en la carretera, en la marginal de la selva. Sin saberlo, había encontrado mi lugar en este rincón de la selva peruana.

La última noche

La última noche en Shanao descendió como una neblina densa, envuelta en el suave murmullo del río que serpenteaba en su curso interminable. Recostado en mi cama, el pensamiento se deslizaba lento, como las aguas del Mayo. Me acerqué a la ventana que daba hacia las chacras de los campesinos, observando a José apagar el fogón con un cuidado silencioso, asegurándose de que algunas brasas permanecieran vivas para alimentar el fuego al día siguiente. A lo lejos, se oía el canto lejano del grillo, un "cri-cri-cri" agudo que cortaba la quietud de la noche, hasta que el sueño, como una manta suave, me envolvió y me arrulló en su abrazo.

Desperté a las cinco de la mañana, con la luz de un día naciente colándose tímidamente por las rendijas de las tablas. Aún acostado, mis ojos recorrieron el techo, las paredes hechas de maderas gastadas, como huellas del tiempo que había pasado en este lugar. Ese instante se grabó en mi memoria, como una imagen nítida de un refugio temporal que había albergado mi cuerpo tras los días de arduo trabajo y futbol.

Don Juan, me llamó el presidente del club, anunciando la hora del desayuno.

Sin demora, respondí:
Ya, Don Juan, ya salgo.

La noche anterior había dejado todo listo, por lo que me levanté rápidamente, tendí mi cama con la parsimonia de quien sabe que pronto tendrá que dejar todo atrás. Mientras recorría, por última vez, con la mirada ese cuarto que me había cobijado, el peso de la despedida comenzó a hacerse presente. Me preparaba, con un leve nudo en el estómago, para despedirme de este rincón de Shanao que, aunque efímero, había sido mi hogar por un breve pero significativo tiempo.

La despedida de Don Juan y su familia

Don Juan y su esposa me invitaron a desayunar. La mesa se llenó de sabores que se quedaron en mi memoria: cecina recién salida del fuego, inguiri (plátano verde sancochado) con su toque suave, un huevo frito dorado como el sol que se asomaba tímidamente por la ventana, y un café fuerte, lleno de la calidez de la selva. El aroma de la comida era un abrazo en cada bocado. La charla fue ligera, casi como una danza, llena de risas y recuerdos. Recordamos el día en que llegué, el primer encuentro con la gente del lugar, y todas las anécdotas que se tejieron entre los días de trabajo y fútbol. Pero bajo las risas, una sombra de tristeza se hacía presente, como una brisa que, aunque suave, se sentía en el aire.

No podía evitar la sensación de vacío que se instalaba en mi pecho. Mi partida se sentía como un ciclo que se cerraba, una página que se pasaba con la fuerza del viento. Don Juan, con su rostro marcado por el tiempo, también mostraba un dejo de melancolía en los ojos. Durante la conversación, su voz se tornó cálida, casi como una promesa que se sella en el alma.

David, no te olvides de que aquí siempre serás bienvenido. Gracias por todo. Sé que te irá muy bien en Lamas.

Sus palabras fueron un faro en medio de la despedida. Me miraba con una mezcla de cariño y respeto, como si me estuviera entregando una parte de su tierra, de su hogar.

Sentí una presión en el pecho, una sensación indescriptible que solo la despedida puede traer. El tiempo había sido breve, pero en ese lapso, se había tejido una conexión que no se olvidaría. Mientras terminaba mi café, su amabilidad, la calidez de su familia y el recuerdo de esos días en Shanao se quedaban grabados en mi mente, como la huella de un paso firme dejado en la tierra húmeda de la selva.

 

El salto a la ciudad de los tres pisos (Lamas)

La moto rugió, llevando mis pensamientos hacia el Puente Bolivia. Allí hice una pequeña pausa, una última parada antes de mi partida definitiva. Me acercaba a la señora que había sido mi aliada en los días de trabajo en la carretera marginal, la que me había atendido con amabilidad y había compartido su cocina en los momentos de hambre. Y allí estaba ella, de pie como siempre, con sus ojos color café, brillando bajo la luz de la mañana, y su cuerpo moviéndose con una cadencia que parecía contar historias en cada paso. Mis ojos, cada vez que se posaban sobre ella, se convertían en péndulos, atrapados en su magnetismo.

En mis pensamientos resonaba una última despedida, pero algo en mi pecho me decía que debía quedarme un poco más, saborear ese instante. Ya no te veré más, linda huambrita, pensé, pero déjame robarte un beso como despedida.

Me acerqué lentamente, sintiendo el palpitar acelerado de mi corazón. Al detenerme frente a ella, nuestros ojos se encontraron, y mi mirada, profunda, firme, se clavó en los suyos. Fue como una estocada que atravesó la distancia entre nosotros. La vi sonrojarse, como una flor tímida que se abre al sol, y sus mejillas, teñidas de rojo, mostraban el nerviosismo que se escondía bajo su calma aparente.

Sin pensarlo, tomé su mano con suavidad, y al mismo tiempo, como si un impulso indomable me invadiera, me lancé hacia ella, un águila que encuentra su presa. Mis labios rozaron su mejilla, un beso fugaz, lleno de la emoción contenida que nunca supe cómo expresar con palabras. Al apretar su mano, sentí la conexión efímera pero intensa que esos minutos nos regalaban.

Atrás quedaba todo: el "hotel cinco estrellas" que había sido mi refugio en esa tierra inhóspita, el río Mayo que serpenteaba entre mis recuerdos como un viejo amigo, la comida sencilla pero sabrosa que me había nutrido, y, sobre todo, ella, la huambrita que había dejado una marca indeleble en mi alma, como la huella de la marea sobre la arena.

De Tarapoto, su encanto

El viaje hacia Tarapoto fue en una camioneta que zigzagueaba por la carretera, y mientras el paisaje se deslizaba frente a mis ojos, no pude evitar que mi mente se detuviera en el Puente Bolivia y en Shanao. Como una película que retrocediera en el tiempo, los recuerdos comenzaron a aflorar con fuerza, trayendo consigo los ecos de aquellos días llenos de aventuras, risas y paisajes que ahora quedaban atrás.

La ciudad de Tarapoto, vibrante y llena de vida, apareció ante mí como un oasis en medio de la selva. No tardé en tomar otra camioneta que me llevaría más allá, hacia la "Ciudad de los Tres Pisos", un destino que aguardaba con la promesa de nuevas experiencias.

Lamas, esa joya escondida en el corazón del Oriente peruano, se reveló ante mí como una ciudad que respiraba historia en cada rincón. Fundada en tiempos ancestrales, alrededor del año 1350, cuando los Chankas, fugitivos de los Incas, encontraron refugio en estas tierras fértiles y llenas de misterio. Mientras nos adentrábamos en los caminos sinuosos que se deslizaban como serpientes por la jungla, me sentí transportado a otro tiempo, como si la misma tierra susurrara las historias de aquellos pueblos guerreros. El desvío hacia Lamas nos llevó por un sendero oculto, un camino que parecía sacado de las entrañas de la selva, directo a esa ciudad que prometía ser tan mágica como sus leyendas.

Después de haber disfrutado de Shanao, un refugio de paisajes que acarician el alma, emprendí mi camino hacia Lamas. Me recibió una mañana tímida, con un sol escondido tras el frío, como si la ciudad me invitara a descubrirla poco a poco.

La primera persona que me tendió la mano fue Joselin, alguien tan cálido como el primer rayo de sol después de una noche fría. Tras una amena conversación, me hospedé por un día en un hotel, antes de instalarme en un lugar donde convivían personas de distintas instituciones de la ciudad.

Con el tiempo, fui tejiendo lazos con dirigentes y compañeros de equipo, y así, como un árbol que echa raíces en tierra fértil, fui encontrando mi espacio y haciendo amigos en este nuevo hogar.

Lamas, la hermosa Ciudad de los Tres Pisos, me abrió sus brazos como un viejo amigo que recibe con alegría a quien llega a su hogar. Su tierra, impregnada de encanto, me envolvió con sus costumbres vibrantes y una cultura fascinante que fui descubriendo poco a poco, como quien deshoja un libro lleno de historias por contar.

En este viaje, conocí a Rolin Flores, un compañero que el destino convirtió en un hermano. Su hogar se convirtió en el mío, y su familia me acogió con la calidez de un fuego encendido en una noche fría. Hasta el día de hoy seguimos en contacto, y siempre lo recuerdo con gratitud. Su generosidad y trato amable dejaron una huella imborrable en mi corazón, como una melodía que, aun con el paso del tiempo, nunca se olvida.

La pensión

Cómo olvidar a la familia Villacorta y a la familia Benzaquen, dos hogares donde la generosidad se servía a la mesa junto con cada plato. Con el tiempo, fui ganándome su amistad, un lazo tejido con el calor de sus gestos y la calidez de su compañía.

Allí, cada día tenía el ritmo de una rutina deliciosa: desayunaba, almorzaba y cenaba rodeado de sabores que hablaban de tradición y cariño. La sazón era inconfundible, y la atención, siempre impecable. ¿Cómo no recordar aquellas mañanas en las que el aroma del café recién hecho se mezclaba con el de los huevos fritos y el inigualable inguire, acompañado de un par de panes?

Cada bocado era un pequeño homenaje a la vida sencilla y plena. Me sentía feliz, no solo por la comida, sino por la calidez de quienes la preparaban, por el afecto que, sin decirlo, se transmitía en cada plato servido con esmero.

Un amor fugaz

Ella tenía 15 años y yo 24, pero la edad era solo un número frente a la conexión que nos unió desde el primer día. Desde el instante en que la conocí, algo en su esencia me atrapó, como si su mirada escondiera un mundo que yo ansiaba descubrir.

Nos hicimos grandes amigos, compartiendo conversaciones que se extendían como suaves melodías en el tiempo. Me fascinaba hablar con ella, pues nuestras almas vibraban en la misma sintonía: el amor por el catolicismo y la vocación de guiar a los niños en la iglesia.

Cada encuentro era un susurro del destino, cada palabra un lazo que nos unía más. En ella encontré no solo una amiga, sino un reflejo de mis propias pasiones y anhelos, una luz cálida que iluminaba mis días.

Era una mañana soleada, aún impregnada del aroma fresco de la lluvia de la noche anterior. Caminé hasta su casa con el corazón latiendo con fuerza, cada paso cargado de expectación. Toqué la puerta y, al abrirla, su mirada confirmó lo que ya sabía: estaría sola. Me lo había dicho aquella tarde en el parque, cuando con un susurro me confesó que su abuela saldría.

Pero a pesar de la intimidad del momento, el temor flotaba en el aire como una sombra invisible. El miedo a que su abuela regresara pronto se reflejaba en sus ojos inquietos. No había tiempo para dudas ni palabras innecesarias. Me acerqué y, con la urgencia de un suspiro robado, la besé. Fue un beso apresurado, fugaz, como un relámpago que ilumina la noche por un instante antes de desvanecerse.

Luego, sin más, me despedí, dejando tras de mí la huella indeleble de un deseo contenido y la incertidumbre de un adiós.

Conociendo a los amigos en el entrenamiento

Entrenar por las tardes en el estadio de Lamas era más que una rutina; era un ritual de esfuerzo y camaradería. Cada sesión era una oportunidad para conocer nuevos compañeros, y poco a poco, el compañerismo fue tejiendo lazos más fuertes hasta convertirnos en amigos.

Las tardes de entrenamiento estaban llenas de risas, desafíos y el eco de nuestras voces animándonos unos a otros. Pero la amistad no terminaba cuando caía el sol. Por las noches, el parque se convertía en nuestro punto de encuentro, un refugio donde las conversaciones fluían sin prisa, entre bromas y sueños compartidos. Éramos muchachos con el mundo por descubrir, y en cada charla, en cada risa, íbamos escribiendo la historia de una juventud que aún hoy resuena en la memoria.

Costumbres y tradiciones del pueblo lamista

Lamas es un pueblo encantado, donde las costumbres y tradiciones laten con fuerza, dando vida a una identidad que sus habitantes defienden y valoran con orgullo. Sus calles y plazas son testigos de una historia vibrante, de rituales ancestrales que se mantienen vivos en el corazón de su gente.

Entre sus festividades más emblemáticas, la Fiesta de San Juan brilla con un esplendor único cada junio, convirtiendo el pueblo en un escenario de alegría desbordante. Al compás de sus bailes y danzas tradicionales, el sonido de los tambores y las guitarras se funde con las risas y el júbilo de los visitantes. Personas de todos los rincones del país y del extranjero llegan atraídas por la magia de esta celebración, donde la cultura lamista se muestra en su máximo esplendor.

En Lamas, cada tradición es un legado, cada fiesta un tributo a sus raíces, y cada visitante se lleva en el alma un pedazo de su encanto eterno.

Durante las festividades en Lamas, la alegría se acompaña de sabores intensos y ancestrales. Bebidas tradicionales como el uvachado, el indinachado y el emblemático siete raíces fluyen entre brindis y risas, llevando consigo la esencia de la tierra amazónica.

La gente, siempre alegre y carismática, disfruta cada celebración con un espíritu vibrante. Al ritmo de la música, entre danzas y conversaciones animadas, las noches se transforman en un festín de tradición, donde el tiempo parece detenerse y la cultura lamista se vive con cada sorbo y cada sonrisa.

"El Susurro del Destino: La Propuesta de Quedarme en Lamas"

Los directivos del Club "Rodil Tello" me hicieron una propuesta que resonó en mi mente como un canto irresistible: quedarme para jugar y estudiar en el instituto de Educación Física. Era una oferta tentadora, tan atractiva como un oasis en medio del desierto. Jugaría, tendría techo, comida, y, quién sabe, tal vez el amor, como un susurro suave, se acercaba lentamente, susurrándome al oído: Quédate, no te vayas. Era como si el destino me estuviera tendiendo una mano cálida y firme, invitándome a abrazar una nueva vida llena de promesas. Sin lugar a dudas, la oferta encajaba perfectamente en ese momento de mi vida, como una pieza más en el rompecabezas que aún estaba por completarse.

La Llamada Telefónica

Los días se deslizaban lentamente, las noches caían sin prisa, y yo aún no lograba tomar una decisión. La propuesta de quedarme en Lamas parecía diluirse, como una niebla que se desvanecía con la primera luz del amanecer. Pero fue en ese instante de incertidumbre cuando sonó el teléfono, rompiendo el silencio de mis pensamientos. Era mi hermana Juana.

—David —dijo con tono burlón—, hay examen en la universidad. ¿Qué vas a hacer? ¿Quedarte de pelotero? ¡Jajaja! Ven, para que postules.

Sus palabras fueron como un rayo que partió la quietud en mi mente. Era el empujón que necesitaba. Y así, de repente, la balanza comenzó a inclinarse. Ya no era solo una cuestión de quedarme o seguir en el fútbol. Ahora había una nueva llamada, un nuevo camino que me tiraba con fuerza hacia mi ciudad natal, mi pequeña patria, mi barrio que ya comenzaba a extrañar.

La decisión se hacía más clara, pero el peso de lo que dejaba atrás me presionaba en el pecho, como el último suspiro de un sueño que ya no podría tocar. El río Mayo, las risas de los niños, el amor de las huambritas... todo eso quedaba atrás. Ahora, el futuro me aguardaba, y era hora de volver.

 

DE VUELTA AL BARRIO

 

DE VUELTA AL BARRIO

No vayas por donde el camino te lleve. Ve en cambio por donde no hay camino y deja rastro.

 

 

No soy el narrador de cuentos, pero sí escribo lo que he pasado y lo que me pasa, lo que puedo interpretar y, sobre todo, darle lectura a la realidad para paliar algunos problemas propios de nuestra especialidad; y me siento orgulloso de ser ¡profesor de Educación Física!

“Sí, ¡yo soy el de Educación Física! Formo parte de un “cuerpo especial”, de un grupo de docentes privilegiados, de una banda de ilusionados, de los que se conectan con sus alumnos, de los que valoran la educación en toda su globalidad, de los que tratan de mejorar día a día, de los que se sienten solos en las escuelas, de los que las familias no solicitan su acción tutorial, de los que pasan frío y calor en los patios, de los que todavía les queda mucho por aprender, de los olvidados por la administración... Sí, soy el de Educación Física”.

Empiezo por recordar los juegos del ayer: cochecitos de madera, el aro, las canicas, el trompo, kiwi, rayuela, liguerito, salta soga, los yaces y otros juegos más, que daban vida al mundo lúdico del ayer; los juegos que nunca deben desaparecer, los que están en nuestra memoria, los que hemos jugado desde pequeños.

 

Hoy con nostalgia recuerdo mi infancia caminando por las calles de mi barrio, el incomparable “Barrio Dávila” de los años75, hoy “José Olaya”. Me imagino los gritos  de los amigos, las palomilladas…Aún puedo percibir el polvo de las calles sin cemento, el sudor de tanto correr al jugar la pega o mata gente, las manos sucias y las uñas negras por el barro al jugar la rayuela; los bolsillos llenos de chapitas (nos sentíamos orgullosos de llevarlas), y las canicas ni qué hablar: punteros perfectos y lecheros al mango; trompos quebrados al ser lanzados en las escasas paredes de cemento hoy convertidas en cemento puro…Ya no están aquellos viejos postes de madera que nos servían de arcos, ni los amigos que nos tomaron la delantera; el Negro, Cacerola, Roberto, Noé, Elmer y los que se fueron a vivir a otros lugares. Inolvidables compañeros de juegos.

 

Por las noches solíamos jugar al ampay o a las escondidas; recuerdo que nos escondíamos en esas construcciones (urbanización libertadores) que invadieron nuestra privacidad de niños traviesos. El ampay… ¿por qué te fuiste? Vuelve, vuelve…con los apagones para poder estar al lado de nuestros amigos y amigas, especialmente de las amigas, hermosos momentos de ternura infantil… ¿A dónde estás piraña, se te extraña decir la Pandilla Vía Baca”? No sé de dónde se originó ese bendito decir, pero quedó grabado en mi memoria, lo decías cada vez que jugábamos, Negro, Calilo, Jenny, Helen, Fernando, Ronald, Perleche, Gladis…Humberto, Palito…y otros más.

 

 

 

Estoy escribiendo y en el reloj son las 7: y 36 minutos de la mañana del día sábado 31 de agosto del 2013 y vienen a mi mente esos recuerdos de la etapa más linda de la infancia: Mi amigo el Zorro y yo salíamos en busca de envolturas de cigarrillos, era una inocente travesura que guardo en mi memoria, ¿saben lo que hacíamos?- ja,ja,ja- y lágrimas se vienen por mis mejillas, con mezcla de risas y nostalgia…Solíamos recoger la mayor cantidad que podíamos para luego desenvolverlas y darle forma de billetes, así como usan los cobradores de los micros, a cada envoltura dependiendo de la marca le asignábamos un valor monetario; por ejemplo el ducal valía 1 sol, el Premier 50 , el Presidente 200, el Winston….el inca….ya no recuerdo…jajaja.

 

¿Por las tardes o por las noches nos poníamos a jugar a la regida…recuerdan? Piedra, papel o tijera…Si la suerte nos sonreía ese día, nos convertíamos en millonarios; en caso contrario, nos convertíamos en pobres porque nos despelucaban…jajaja, ¿recuerdan esa palabra?

 

Sigo recordando: caminábamos tanto que , no nos dábamos cuenta del tiempo y la distancia, una vez el papá del Zorro me encontró por la fábrica PERULAC , donde se producía la leche y me dijo curita qué haces…..qué haces. Recogiendo chapas pues…respondí con una sonrisa traviesa; el tío años más tarde murió de cáncer. Otra de las anécdotas que puedo contarles es cuando fuimos en busca de canicas por el cerro “APRA” (hoy toda esa zona está poblada),  aquella vez encontramos muchas canicas parecían minas de vidrio; no sé, pero teníamos intuición para encontrarlas habían de todos los colores, éramos como una suerte de los personajes de “Los gallinazos sin plumas”…jajaja, el cuento de julio Ramón Ribeyro. Y saben lo que observamos detrás del cerro, un carro color blanco estacionado que se movía y se detenía…le dije al Zorro sorprendido: mira!.– Curita, me dice, estos están “matándose” -vamos a ver. Nos acercamos sigilosamente sin hacer ruido hasta donde estaba el carro; soltamos las carcajadas y miramos por la ventana del carro, ahí estaba una pareja dando riendas sueltas a su locas travesuras…ja jaja, le dimos puñetes a la luna y emprendimos rauda carrera….ja jaja, corre mano, corre. -hoy el tío nos agarra y nos saca el alma…ja jaja. Hay muchas anécdotas por contar y lo voy a seguir haciendo, pero más adelante.

 

Amigos recuperemos los juegos tradicionales, para volver a celebrar los tiempos de "Abrir la Puerta para ir a Jugar", para recordar aquellos tiempos fantásticos que vivimos y especialmente para celebrar la niñez, tiempo de asombro y fantasía.

 

Los niños de aquella época compartíamos, interactuábamos, negociábamos, acordábamos, ejercitábamos habilidades mentales y destrezas físicas", y también nos sacábamos la mugre… Sobre todo, dábamos rienda suelta a nuestra imaginación.

 

Hoy en la era de la informática, los niños pasan horas pegados a juegos electrónicos y computadoras, olvidando así la delicia de compartir con los abuelos, padres y pares. Los juegos implican mucho más que un pasatiempo.

 

 

“Revalorar el lugar del juego es revalorar la infancia, es intentar achicar el abismo que existe entre el pensamiento adulto y el universo lúdico de la niñez… es decir el juego es el lugar de los ensayos y los conjuros. Es un ámbito simbólico y mágico a la vez. Artificio perfecto donde cada episodio, cada pieza, cada jugador, cada jugada se anudan unos con otros formando bellos dibujos que se hacen y deshacen y se vuelven a armar. Mientras jugamos estamos a salvo: de la deriva, del sinsentido, del vacío.”

 

“De Vuelta Al Barrio”, es un proyecto que se me vino a la mente; iluminada tal vez, al vivir solo; al estar haciendo lectura; al pensar qué hacer...

 

“De Vuelta Al Barrio” busca acercarnos a nuestra infancia, a ese ayer como el mío en el “Barrio Del José Olaya” con los juegos que nunca deben desaparecer, y también con los niños de esta generación…  Que éstos se interroguen sobre cuáles han sido los juegos que jugaban sus abuelos cuando eran pequeños, cómo, dónde y con quiénes jugaban. Acercarlos también a la idea de que el ambiente social no siempre fue igual al que ellos conocen, y que los juegos y los juguetes con los cuáles tienen una relación cotidiana, fueron cambiando a lo largo del tiempo hasta casi desaparecer por completo.

Pero también es interesante acercarlos a la parcialidad de esos cambios, ya que así cómo es posible observar la desaparición de ciertos juegos y juguetes, es fácil constatar que algunos perduran gracias a su transmisión de una generación a otra.

 

M.Sc. David Cienfuegos Adrianzén (Curita)

Camiloche_22@hotmail.com

 

Editor: Luis Sánchez Agurto

Revista: Todas Las Calipsos Son Del Viento

Adscrito a la columna: Pedagogía De La Liberación Cultural

leyendoparaserlibre@hotmail.com

 

 

A mi hijo

 

A mi hijo

Mi generación creció pateando cualquier cosa en la calle. Eso nos daba una formación previa, una cura de cicatrices que servían de escuela antes de ingresar a un entrenamiento organizado. Para los pequeños de ahora, es todo lo contrario. Están inmersos en un mundo de violencia, con avenidas y calles cerradas o reservadas solo para los automóviles. Ya no tienen el asfalto como su primera prueba.

Apenas rodaba el balón, enganchaba, driblaba, pateaba… hacía todo lo que había visto hacer a los más grandes del barrio. Y no puedo negarlo, eso me ayudó en mi infancia para pertenecer al grupo de los que elegían para ir a la cancha. Pocas veces estuve en la banca.

Pero era divertido. Los niños siempre van a donde ruede el balón. Imaginen un cardumen de peces pequeños moviéndose de lado a lado. Nadie guarda su puesto o rol en el campo. Hasta el arquero podía terminar en la mitad de la cancha.

Pasaron por mi mente todos estos recuerdos ahora que estoy en cuarentena y vi el primer contacto de mi hijo con el balón.

Mi hijo corrió como loco, haciendo gestos realmente muy extraños. Supongo que aún no ha visto cómo celebran los grandes del fútbol dominguero.

No me perdí tus gestos de niño travieso, tus primeros pasos, tus caídas, las noches en que tu madre no dormía espantando los zancudos para que no te picaran. Te recuerdo, mi pequeño campeón, ahora convertido en un hombre que va agigantando sus pasos para abrirse paso en la vida. Así crecías en Motupe, entre estrellas y personas que te aman.

Todos los recuerdos llevan consigo una o varias emociones asociadas. Son precisamente las emociones las que nos permiten aprender de nuestras experiencias y vivencias, para que, en el futuro, sepamos tomar decisiones que nos lleven a un estado emocional más placentero.

El recuerdo es una restauración de lo pasado, a partir del material conservado en la memoria. En él, nos acordamos de objetos, personajes o experiencias vividas. A veces, el recuerdo viene de una impresión o imagen que se queda en la memoria de alguna situación, ya sea trágica, triste o feliz.

“SOY FELIZ CON ESTAS FOTOS QUE ME TRAEN RECUERDOS, PERO TAMBIÉN LLENAS DE NOSTALGIA”.

Te amo en la distancia que nos separa este virus. Te amo en el silencio de mis noches serenas. Te amaré por siempre, mi buen hijo.

Tu padre

 

 

CIENFUEGOS ENCIENDE LAS LUCES

 

JUAN RAFAEL SOROGASTÚA LEYVA (FALLECIDO)

ABRIENDO CANCHA
Juan R. Sorosgatúa Leyva


CIENFUEGOS ENCIENDE LAS LUCES


Ahí, prendido en la malla olímpica, cara a cara con la tribuna, exclamó: ¨ haremos un equipazo¨. La emoción del triunfo no cambiaba la realidad del actual equipo. Bernardo Checa, sin ruido de tormenta que se hace notar, sino más bien en el silencio donde se esconden los más capaces, graficaba el presente y el futuro para Juan Aurich.
La angustia retenida en el corazón de los aficionados, recién cobra vida cuando ¨Tojo´´ Muro, el talento rojo, comienza a dirigir con sutileza a su equipo. Mejora Deza, Ascorbe, arranca desde atrás, el balón va justo donde estaba Cienfuegos, el aurichista hace una finta, se balancea armoniosamente hacia la derecha y saca un chuzazo que recorre raudo el espacio y se incrusta en el ángulo alto del arco de Pastor, y el gol se hace grito en la tribuna. Mario, explota; ¨Marizol¨ Vargas le recita versos a la redonda; el doctor Fernando Carbonel alcanza dimensiones de gigante de la alegría; Carlos Perleche deja su drama y se hace héroe del triunfo; Eduardo Laca Barreto sueña con su triunfo sudamericano y se levanta todo lo grande que es, y comienza a beber en la copa de la victoria. El agua bendita del milagroso madero motupano brota a manantiales y moja de alegría; a medio Chiclayo; entonces despierta la ciudad dormida en sombras y tinieblas, y la música de José Escajadillo se hace más poesía y la emoción llega hasta ese morenito descalzo que sueña algún día vestir la casaquilla roja y ser protagonista principal de memorables jornadas como ésta. Allá en la otra esquina, Goicochea y Renginfo se alejan rumiando su tristeza y una granizada cae sobre la tierra de Atahualpa y desde el cerrito Santa Apolonia se puede mirar la tristeza que agobia a esta ciudad, invicta en tradición y heroísmo. Silencia la música autóctona, los yaravíes, las quenas y huainitos se hacen tristes; mientras la marinera de Abelardo Núñez ya se escucha en la casa de la señora Calloma, que tiende su mantel bordado de ilusiones, sueños y realidades, de alegrías y de tristezas y comienza la fiesta. 
Mientras el cemento héroe, todavía se estremece con el grito del gol, gol que ha devuelto la alegría a este pueblo que sueña con mejores destinos. Hoy todos dicen salud, por el ¨gasolinazo¨, perdón, por el ¨golazo¨, de Cienfuegos, que enciende todas las luces.


Chiclayo, 20 diciembre de 1990


ARTICULO EXTRAÍDO DEL DIARIO LA INDUSTRIA, DE SU PÁGINA DEPORTIVA. ESCRITA POR EL DESAPARECIDO PERIODISTA DEPORTIVO DON JUAN RAFAEL SOROGASTUA LEYVA.

 

LA TARDE FELIZ DE CIENFUEGOS-entrevista

 

LA TARDE FELIZ DE CIENFUEGOS

 

Por: Pocho Chávez

 

La noche ha caído con su manto negro. A penas unas cuántas estrellitas parpadean el cielo nocturno. Repaso su historial y me sorprende, sobre todo, su paso por el Aurich. A fines de los 80 y principios de los 90 su nombre era bien sonado en el mapa futbolístico lambayecano. Era veloz que, cuando picaba, parecía una gacela. Tenía una melena parecida a los rockeros de antaño. Dialogar con él es un agasajo. Literalmente le entra de todo.  Fue protagonista de un triunfo dominical una tarde de verano en el estadio Elías Aguirre, en 1990. Y que sirvió para conseguir el ansiado ascenso. Sacó un brutal derechazo que terminó en el fondo de las redes. Golazo. Fue el gol que todo soñamos hacer. Los relatores gritaban a boca llena. Al final, el Ciclón ganó con lo justo ante un rival como el Volante (Bambamarca) que vendió cara su derrota. “Fue un lindo gol. Muy parecido al que le hice a Hungaritos, en 1988. Casi con los mismos actores, pero con otro guion. Este fue muy emotivo y especial porque logramos regresar a la élite profesional”, contó el exatacante Camilo Cienfuegos.

 

Recuerda: “Esa tarde se habilitaron las tribunas principales. Había mucha expectativa. La gente estaba a muerte con el equipo. Nos jugábamos la vida. En el partido de ida habíamos empatados a cero. Fue un partido duro que terminó con la expulsión de Iván Chávez. No había arquero para el partido de vuelta. El profe Catalá no le quedó otra que improvisar a un compañero (Carranza). Y no lo hizo nada mal. Estuvo atento y cumplió con las directivas. Recuerdo que, en una jugada, por el sector izquierdo, contra el aire, se juntaron el ‘Chivito’ Deza con Cosmopolis y se la dan al ‘Tojo’ Muro, este muy inteligente me la puso cerca del área grande, sale el defensa y lo amago hacia mi mejor perfil y remato fuerte, chocó en el horizontal y, al bajar se coló adentro. Corrí y grité como loco hasta saltar la malla. Por la concepción de la jugada, fue un hermoso gol. La hinchada salió feliz y con el ego por las nubes”.

 

Sin embargo, no solo conoció los momentos felices, sino que también supo lo que no es tener un mango en el bolsillo. Creció en un sector humilde de José Olaya. Las calles y los postes eran testigos de sus interminables gestas deportivas. Jugaba descalzo. No había para las zapatillas. De niño se trepaba las paredes del estadio para ver a sus ídolos. Echeandía le llenaba los ojos; También, Cosmopolis y Jauregui, aunque tiempo después jugó con ellos. Siempre fue goleador. Las metía todas. Jugó Tercera, Segunda y Primera en la liga local. Su primer equipo fue el José Olaya, nombre de su barrio. “Una vez me vio jugar el tío Carlos Perleche y me llevó al Aurich. Fue en el 1987. Ese día no pude dormir tranquilo. Me sentía el hombre más feliz del mundo. Jugar en el equipo más grande del norte, era un orgullo”, acotó.

 

Con la camiseta roja estuvo tres temporadas (1987-88- 90). En la primera, le costó adaptarse al primer equipo; luego se afianzó a punto de goles. Jugó con José Navarro (Exmundialista), César Sono, Juan Azalde, Ronald Tello, Alex Brousett, Francisco Cassiano, Adrián Torres, etcétera. Jugaba por todos los frentes. Su velocidad era bien aprovechada para cerrar las subidas de los laterales. Pero cuando lo lanzaban el balón a las espaldas de los centrales, aparecía como un rayo y no lo paraban. Fue dirigido por Mario Catalá, ‘Chito’ La Torre y hasta en una oportunidad por el ‘Cholo’ Sotil. “Siempre te dejan algo, por su experiencia de jugador”. ¿Y los clásicos con el Cañaña?, le pregunto. Eran bravazos. Con decirte que siempre tenía encima al ‘Caballo’ Deza y Paúl Medina, parecían gladiadores, contestó. Recuerda que jugó dos clásicos, pero con un saldo en contra. Perdió uno y empató el otro.

 

En el 1991, cuando pensaba que se iba quedar en el Ciclón, sucedió lo impensable. Fue como un guantazo en la cara. Trajeron a los capitalinos y lo dejaron de lado. Tuvo que buscar otros horizontes y, se fue a jugar a la Selva. Luego, estuvo en AJEC y Cachorro, ambos de Motupe. Este último, en 1995, fue subcampeón Regional, perdió la final ante Boys (Tumán) en penales. Y, terminó en el Vista Alegre de Oyotún. “Soy consciente que pude dar más, me faltó un guía a mi lado. No obstante, me fui satisfecho, porque di todo: entrega y sacrificio”, remarcó. Además, tuvo calor de carpeta porque pasó por la universidad, es docente de Educación Física. También, es formador de menores. “Porque el deporte es fundamental en el desarrollo integral de los niños. No solo es crear deportistas sino formar mejores seres humanos”, agregó. Es ejemplo de superación, según él, la pelota debe ir de la mano con un libro.

 

Discurso de despedida, en representación del sargento más caracterizado

 

Discurso de despedida, en representación del sargento más caracterizado

Abril de 1985. Aquel martes fue difícil conciliar el sueño, porque al día siguiente ya no volveríamos a tirar pichana, a formar, a ir al malacate ni a cumplir con nuestras funciones como soldados, cabos y sargentos.

Me propusieron quedarme y hacer carrera militar, pero ya había tomado mi decisión: me esperaba otra vida allá afuera. Sin embargo, algo no lograba comprender. Sentía un dolor inmenso en el corazón, como si me arrancaran una parte de mí.

Los recuerdos asaltaron mi mente como una película en cámara lenta. En cada pausa, mis lágrimas brotaban; era puro sentimiento. ¿Será que realmente quería marcharme? ¿O era el amor por este lugar, por los compañeros, los suboficiales, los oficiales que habían calado tan hondo en mi vida militar?

La despedida y el discurso.

En la vida militar, uno se despide con un beso a la Bandera, un gesto más profundo y venerable que aquel fogoso beso de juventud que le entregaste entre sus pliegues. Tu Bandera ha guardado cada beso, cada juramento, cada instante de tu vida entregado a ella. Ahora, como símbolo de la Patria, cuando cesas en la actividad, te la devuelve agradecida.

Y la Patria, al que le entregó su vida, en la frente dolorida, le devuelve agradecida el beso que recibió.

Nada termina. Despedirse es un juramento renovado. Seguimos juntos, no hay divorcio, sería traición, hasta que te quedes sin aliento, hasta que no te quede ni una gota de sangre. Despedirse es renovarse y seguir siendo. Estar o no estar es algo indiferente cuando se es. La tragedia es haber estado sin serlo. Mucho ha debido sufrir quien, en estas circunstancias, no siendo ni sintiendo, sirvió a su Patria. A menos que lo haya hecho como pretexto para servirse de ella.

Tu deber fundamental te obliga al cumplimiento de los preceptos contenidos en la Constitución. Es la ley y la exigencia de tu condición de soldado, que para esto tampoco conoce la jubilación. Solo se trata de defender a la patria grande de Bolognesi, su indisoluble unidad, por encima de todo.

Después de ser, te queda la exigencia de haber sido, si es que fuiste, ejemplo para todos.

¡Hasta la victoria siempre!
¡Viva el Ejército Peruano!

Fuerte 5 de Julio - Corrales, abril de 1985.

 

A mis amigos (a)-PRESENTACIÓN

  A mis amigos (a) Quiero compartir con ustedes, mis amigos (a), compañeros y conocidos de este camino, mis anécdotas, esas que pude escri...