lunes, 24 de febrero de 2025

DE VUELTA AL BARRIO

 

DE VUELTA AL BARRIO

No vayas por donde el camino te lleve. Ve en cambio por donde no hay camino y deja rastro.

 

 

No soy el narrador de cuentos, pero sí escribo lo que he pasado y lo que me pasa, lo que puedo interpretar y, sobre todo, darle lectura a la realidad para paliar algunos problemas propios de nuestra especialidad; y me siento orgulloso de ser ¡profesor de Educación Física!

“Sí, ¡yo soy el de Educación Física! Formo parte de un “cuerpo especial”, de un grupo de docentes privilegiados, de una banda de ilusionados, de los que se conectan con sus alumnos, de los que valoran la educación en toda su globalidad, de los que tratan de mejorar día a día, de los que se sienten solos en las escuelas, de los que las familias no solicitan su acción tutorial, de los que pasan frío y calor en los patios, de los que todavía les queda mucho por aprender, de los olvidados por la administración... Sí, soy el de Educación Física”.

Empiezo por recordar los juegos del ayer: cochecitos de madera, el aro, las canicas, el trompo, kiwi, rayuela, liguerito, salta soga, los yaces y otros juegos más, que daban vida al mundo lúdico del ayer; los juegos que nunca deben desaparecer, los que están en nuestra memoria, los que hemos jugado desde pequeños.

 

Hoy con nostalgia recuerdo mi infancia caminando por las calles de mi barrio, el incomparable “Barrio Dávila” de los años75, hoy “José Olaya”. Me imagino los gritos  de los amigos, las palomilladas…Aún puedo percibir el polvo de las calles sin cemento, el sudor de tanto correr al jugar la pega o mata gente, las manos sucias y las uñas negras por el barro al jugar la rayuela; los bolsillos llenos de chapitas (nos sentíamos orgullosos de llevarlas), y las canicas ni qué hablar: punteros perfectos y lecheros al mango; trompos quebrados al ser lanzados en las escasas paredes de cemento hoy convertidas en cemento puro…Ya no están aquellos viejos postes de madera que nos servían de arcos, ni los amigos que nos tomaron la delantera; el Negro, Cacerola, Roberto, Noé, Elmer y los que se fueron a vivir a otros lugares. Inolvidables compañeros de juegos.

 

Por las noches solíamos jugar al ampay o a las escondidas; recuerdo que nos escondíamos en esas construcciones (urbanización libertadores) que invadieron nuestra privacidad de niños traviesos. El ampay… ¿por qué te fuiste? Vuelve, vuelve…con los apagones para poder estar al lado de nuestros amigos y amigas, especialmente de las amigas, hermosos momentos de ternura infantil… ¿A dónde estás piraña, se te extraña decir la Pandilla Vía Baca”? No sé de dónde se originó ese bendito decir, pero quedó grabado en mi memoria, lo decías cada vez que jugábamos, Negro, Calilo, Jenny, Helen, Fernando, Ronald, Perleche, Gladis…Humberto, Palito…y otros más.

 

 

 

Estoy escribiendo y en el reloj son las 7: y 36 minutos de la mañana del día sábado 31 de agosto del 2013 y vienen a mi mente esos recuerdos de la etapa más linda de la infancia: Mi amigo el Zorro y yo salíamos en busca de envolturas de cigarrillos, era una inocente travesura que guardo en mi memoria, ¿saben lo que hacíamos?- ja,ja,ja- y lágrimas se vienen por mis mejillas, con mezcla de risas y nostalgia…Solíamos recoger la mayor cantidad que podíamos para luego desenvolverlas y darle forma de billetes, así como usan los cobradores de los micros, a cada envoltura dependiendo de la marca le asignábamos un valor monetario; por ejemplo el ducal valía 1 sol, el Premier 50 , el Presidente 200, el Winston….el inca….ya no recuerdo…jajaja.

 

¿Por las tardes o por las noches nos poníamos a jugar a la regida…recuerdan? Piedra, papel o tijera…Si la suerte nos sonreía ese día, nos convertíamos en millonarios; en caso contrario, nos convertíamos en pobres porque nos despelucaban…jajaja, ¿recuerdan esa palabra?

 

Sigo recordando: caminábamos tanto que , no nos dábamos cuenta del tiempo y la distancia, una vez el papá del Zorro me encontró por la fábrica PERULAC , donde se producía la leche y me dijo curita qué haces…..qué haces. Recogiendo chapas pues…respondí con una sonrisa traviesa; el tío años más tarde murió de cáncer. Otra de las anécdotas que puedo contarles es cuando fuimos en busca de canicas por el cerro “APRA” (hoy toda esa zona está poblada),  aquella vez encontramos muchas canicas parecían minas de vidrio; no sé, pero teníamos intuición para encontrarlas habían de todos los colores, éramos como una suerte de los personajes de “Los gallinazos sin plumas”…jajaja, el cuento de julio Ramón Ribeyro. Y saben lo que observamos detrás del cerro, un carro color blanco estacionado que se movía y se detenía…le dije al Zorro sorprendido: mira!.– Curita, me dice, estos están “matándose” -vamos a ver. Nos acercamos sigilosamente sin hacer ruido hasta donde estaba el carro; soltamos las carcajadas y miramos por la ventana del carro, ahí estaba una pareja dando riendas sueltas a su locas travesuras…ja jaja, le dimos puñetes a la luna y emprendimos rauda carrera….ja jaja, corre mano, corre. -hoy el tío nos agarra y nos saca el alma…ja jaja. Hay muchas anécdotas por contar y lo voy a seguir haciendo, pero más adelante.

 

Amigos recuperemos los juegos tradicionales, para volver a celebrar los tiempos de "Abrir la Puerta para ir a Jugar", para recordar aquellos tiempos fantásticos que vivimos y especialmente para celebrar la niñez, tiempo de asombro y fantasía.

 

Los niños de aquella época compartíamos, interactuábamos, negociábamos, acordábamos, ejercitábamos habilidades mentales y destrezas físicas", y también nos sacábamos la mugre… Sobre todo, dábamos rienda suelta a nuestra imaginación.

 

Hoy en la era de la informática, los niños pasan horas pegados a juegos electrónicos y computadoras, olvidando así la delicia de compartir con los abuelos, padres y pares. Los juegos implican mucho más que un pasatiempo.

 

 

“Revalorar el lugar del juego es revalorar la infancia, es intentar achicar el abismo que existe entre el pensamiento adulto y el universo lúdico de la niñez… es decir el juego es el lugar de los ensayos y los conjuros. Es un ámbito simbólico y mágico a la vez. Artificio perfecto donde cada episodio, cada pieza, cada jugador, cada jugada se anudan unos con otros formando bellos dibujos que se hacen y deshacen y se vuelven a armar. Mientras jugamos estamos a salvo: de la deriva, del sinsentido, del vacío.”

 

“De Vuelta Al Barrio”, es un proyecto que se me vino a la mente; iluminada tal vez, al vivir solo; al estar haciendo lectura; al pensar qué hacer...

 

“De Vuelta Al Barrio” busca acercarnos a nuestra infancia, a ese ayer como el mío en el “Barrio Del José Olaya” con los juegos que nunca deben desaparecer, y también con los niños de esta generación…  Que éstos se interroguen sobre cuáles han sido los juegos que jugaban sus abuelos cuando eran pequeños, cómo, dónde y con quiénes jugaban. Acercarlos también a la idea de que el ambiente social no siempre fue igual al que ellos conocen, y que los juegos y los juguetes con los cuáles tienen una relación cotidiana, fueron cambiando a lo largo del tiempo hasta casi desaparecer por completo.

Pero también es interesante acercarlos a la parcialidad de esos cambios, ya que así cómo es posible observar la desaparición de ciertos juegos y juguetes, es fácil constatar que algunos perduran gracias a su transmisión de una generación a otra.

 

M.Sc. David Cienfuegos Adrianzén (Curita)

Camiloche_22@hotmail.com

 

Editor: Luis Sánchez Agurto

Revista: Todas Las Calipsos Son Del Viento

Adscrito a la columna: Pedagogía De La Liberación Cultural

leyendoparaserlibre@hotmail.com

 

 

A mi hijo

 

A mi hijo

Mi generación creció pateando cualquier cosa en la calle. Eso nos daba una formación previa, una cura de cicatrices que servían de escuela antes de ingresar a un entrenamiento organizado. Para los pequeños de ahora, es todo lo contrario. Están inmersos en un mundo de violencia, con avenidas y calles cerradas o reservadas solo para los automóviles. Ya no tienen el asfalto como su primera prueba.

Apenas rodaba el balón, enganchaba, driblaba, pateaba… hacía todo lo que había visto hacer a los más grandes del barrio. Y no puedo negarlo, eso me ayudó en mi infancia para pertenecer al grupo de los que elegían para ir a la cancha. Pocas veces estuve en la banca.

Pero era divertido. Los niños siempre van a donde ruede el balón. Imaginen un cardumen de peces pequeños moviéndose de lado a lado. Nadie guarda su puesto o rol en el campo. Hasta el arquero podía terminar en la mitad de la cancha.

Pasaron por mi mente todos estos recuerdos ahora que estoy en cuarentena y vi el primer contacto de mi hijo con el balón.

Mi hijo corrió como loco, haciendo gestos realmente muy extraños. Supongo que aún no ha visto cómo celebran los grandes del fútbol dominguero.

No me perdí tus gestos de niño travieso, tus primeros pasos, tus caídas, las noches en que tu madre no dormía espantando los zancudos para que no te picaran. Te recuerdo, mi pequeño campeón, ahora convertido en un hombre que va agigantando sus pasos para abrirse paso en la vida. Así crecías en Motupe, entre estrellas y personas que te aman.

Todos los recuerdos llevan consigo una o varias emociones asociadas. Son precisamente las emociones las que nos permiten aprender de nuestras experiencias y vivencias, para que, en el futuro, sepamos tomar decisiones que nos lleven a un estado emocional más placentero.

El recuerdo es una restauración de lo pasado, a partir del material conservado en la memoria. En él, nos acordamos de objetos, personajes o experiencias vividas. A veces, el recuerdo viene de una impresión o imagen que se queda en la memoria de alguna situación, ya sea trágica, triste o feliz.

“SOY FELIZ CON ESTAS FOTOS QUE ME TRAEN RECUERDOS, PERO TAMBIÉN LLENAS DE NOSTALGIA”.

Te amo en la distancia que nos separa este virus. Te amo en el silencio de mis noches serenas. Te amaré por siempre, mi buen hijo.

Tu padre

 

 

CIENFUEGOS ENCIENDE LAS LUCES

 

JUAN RAFAEL SOROGASTÚA LEYVA (FALLECIDO)

ABRIENDO CANCHA
Juan R. Sorosgatúa Leyva


CIENFUEGOS ENCIENDE LAS LUCES


Ahí, prendido en la malla olímpica, cara a cara con la tribuna, exclamó: ¨ haremos un equipazo¨. La emoción del triunfo no cambiaba la realidad del actual equipo. Bernardo Checa, sin ruido de tormenta que se hace notar, sino más bien en el silencio donde se esconden los más capaces, graficaba el presente y el futuro para Juan Aurich.
La angustia retenida en el corazón de los aficionados, recién cobra vida cuando ¨Tojo´´ Muro, el talento rojo, comienza a dirigir con sutileza a su equipo. Mejora Deza, Ascorbe, arranca desde atrás, el balón va justo donde estaba Cienfuegos, el aurichista hace una finta, se balancea armoniosamente hacia la derecha y saca un chuzazo que recorre raudo el espacio y se incrusta en el ángulo alto del arco de Pastor, y el gol se hace grito en la tribuna. Mario, explota; ¨Marizol¨ Vargas le recita versos a la redonda; el doctor Fernando Carbonel alcanza dimensiones de gigante de la alegría; Carlos Perleche deja su drama y se hace héroe del triunfo; Eduardo Laca Barreto sueña con su triunfo sudamericano y se levanta todo lo grande que es, y comienza a beber en la copa de la victoria. El agua bendita del milagroso madero motupano brota a manantiales y moja de alegría; a medio Chiclayo; entonces despierta la ciudad dormida en sombras y tinieblas, y la música de José Escajadillo se hace más poesía y la emoción llega hasta ese morenito descalzo que sueña algún día vestir la casaquilla roja y ser protagonista principal de memorables jornadas como ésta. Allá en la otra esquina, Goicochea y Renginfo se alejan rumiando su tristeza y una granizada cae sobre la tierra de Atahualpa y desde el cerrito Santa Apolonia se puede mirar la tristeza que agobia a esta ciudad, invicta en tradición y heroísmo. Silencia la música autóctona, los yaravíes, las quenas y huainitos se hacen tristes; mientras la marinera de Abelardo Núñez ya se escucha en la casa de la señora Calloma, que tiende su mantel bordado de ilusiones, sueños y realidades, de alegrías y de tristezas y comienza la fiesta. 
Mientras el cemento héroe, todavía se estremece con el grito del gol, gol que ha devuelto la alegría a este pueblo que sueña con mejores destinos. Hoy todos dicen salud, por el ¨gasolinazo¨, perdón, por el ¨golazo¨, de Cienfuegos, que enciende todas las luces.


Chiclayo, 20 diciembre de 1990


ARTICULO EXTRAÍDO DEL DIARIO LA INDUSTRIA, DE SU PÁGINA DEPORTIVA. ESCRITA POR EL DESAPARECIDO PERIODISTA DEPORTIVO DON JUAN RAFAEL SOROGASTUA LEYVA.

 

LA TARDE FELIZ DE CIENFUEGOS-entrevista

 

LA TARDE FELIZ DE CIENFUEGOS

 

Por: Pocho Chávez

 

La noche ha caído con su manto negro. A penas unas cuántas estrellitas parpadean el cielo nocturno. Repaso su historial y me sorprende, sobre todo, su paso por el Aurich. A fines de los 80 y principios de los 90 su nombre era bien sonado en el mapa futbolístico lambayecano. Era veloz que, cuando picaba, parecía una gacela. Tenía una melena parecida a los rockeros de antaño. Dialogar con él es un agasajo. Literalmente le entra de todo.  Fue protagonista de un triunfo dominical una tarde de verano en el estadio Elías Aguirre, en 1990. Y que sirvió para conseguir el ansiado ascenso. Sacó un brutal derechazo que terminó en el fondo de las redes. Golazo. Fue el gol que todo soñamos hacer. Los relatores gritaban a boca llena. Al final, el Ciclón ganó con lo justo ante un rival como el Volante (Bambamarca) que vendió cara su derrota. “Fue un lindo gol. Muy parecido al que le hice a Hungaritos, en 1988. Casi con los mismos actores, pero con otro guion. Este fue muy emotivo y especial porque logramos regresar a la élite profesional”, contó el exatacante Camilo Cienfuegos.

 

Recuerda: “Esa tarde se habilitaron las tribunas principales. Había mucha expectativa. La gente estaba a muerte con el equipo. Nos jugábamos la vida. En el partido de ida habíamos empatados a cero. Fue un partido duro que terminó con la expulsión de Iván Chávez. No había arquero para el partido de vuelta. El profe Catalá no le quedó otra que improvisar a un compañero (Carranza). Y no lo hizo nada mal. Estuvo atento y cumplió con las directivas. Recuerdo que, en una jugada, por el sector izquierdo, contra el aire, se juntaron el ‘Chivito’ Deza con Cosmopolis y se la dan al ‘Tojo’ Muro, este muy inteligente me la puso cerca del área grande, sale el defensa y lo amago hacia mi mejor perfil y remato fuerte, chocó en el horizontal y, al bajar se coló adentro. Corrí y grité como loco hasta saltar la malla. Por la concepción de la jugada, fue un hermoso gol. La hinchada salió feliz y con el ego por las nubes”.

 

Sin embargo, no solo conoció los momentos felices, sino que también supo lo que no es tener un mango en el bolsillo. Creció en un sector humilde de José Olaya. Las calles y los postes eran testigos de sus interminables gestas deportivas. Jugaba descalzo. No había para las zapatillas. De niño se trepaba las paredes del estadio para ver a sus ídolos. Echeandía le llenaba los ojos; También, Cosmopolis y Jauregui, aunque tiempo después jugó con ellos. Siempre fue goleador. Las metía todas. Jugó Tercera, Segunda y Primera en la liga local. Su primer equipo fue el José Olaya, nombre de su barrio. “Una vez me vio jugar el tío Carlos Perleche y me llevó al Aurich. Fue en el 1987. Ese día no pude dormir tranquilo. Me sentía el hombre más feliz del mundo. Jugar en el equipo más grande del norte, era un orgullo”, acotó.

 

Con la camiseta roja estuvo tres temporadas (1987-88- 90). En la primera, le costó adaptarse al primer equipo; luego se afianzó a punto de goles. Jugó con José Navarro (Exmundialista), César Sono, Juan Azalde, Ronald Tello, Alex Brousett, Francisco Cassiano, Adrián Torres, etcétera. Jugaba por todos los frentes. Su velocidad era bien aprovechada para cerrar las subidas de los laterales. Pero cuando lo lanzaban el balón a las espaldas de los centrales, aparecía como un rayo y no lo paraban. Fue dirigido por Mario Catalá, ‘Chito’ La Torre y hasta en una oportunidad por el ‘Cholo’ Sotil. “Siempre te dejan algo, por su experiencia de jugador”. ¿Y los clásicos con el Cañaña?, le pregunto. Eran bravazos. Con decirte que siempre tenía encima al ‘Caballo’ Deza y Paúl Medina, parecían gladiadores, contestó. Recuerda que jugó dos clásicos, pero con un saldo en contra. Perdió uno y empató el otro.

 

En el 1991, cuando pensaba que se iba quedar en el Ciclón, sucedió lo impensable. Fue como un guantazo en la cara. Trajeron a los capitalinos y lo dejaron de lado. Tuvo que buscar otros horizontes y, se fue a jugar a la Selva. Luego, estuvo en AJEC y Cachorro, ambos de Motupe. Este último, en 1995, fue subcampeón Regional, perdió la final ante Boys (Tumán) en penales. Y, terminó en el Vista Alegre de Oyotún. “Soy consciente que pude dar más, me faltó un guía a mi lado. No obstante, me fui satisfecho, porque di todo: entrega y sacrificio”, remarcó. Además, tuvo calor de carpeta porque pasó por la universidad, es docente de Educación Física. También, es formador de menores. “Porque el deporte es fundamental en el desarrollo integral de los niños. No solo es crear deportistas sino formar mejores seres humanos”, agregó. Es ejemplo de superación, según él, la pelota debe ir de la mano con un libro.

 

Discurso de despedida, en representación del sargento más caracterizado

 

Discurso de despedida, en representación del sargento más caracterizado

Abril de 1985. Aquel martes fue difícil conciliar el sueño, porque al día siguiente ya no volveríamos a tirar pichana, a formar, a ir al malacate ni a cumplir con nuestras funciones como soldados, cabos y sargentos.

Me propusieron quedarme y hacer carrera militar, pero ya había tomado mi decisión: me esperaba otra vida allá afuera. Sin embargo, algo no lograba comprender. Sentía un dolor inmenso en el corazón, como si me arrancaran una parte de mí.

Los recuerdos asaltaron mi mente como una película en cámara lenta. En cada pausa, mis lágrimas brotaban; era puro sentimiento. ¿Será que realmente quería marcharme? ¿O era el amor por este lugar, por los compañeros, los suboficiales, los oficiales que habían calado tan hondo en mi vida militar?

La despedida y el discurso.

En la vida militar, uno se despide con un beso a la Bandera, un gesto más profundo y venerable que aquel fogoso beso de juventud que le entregaste entre sus pliegues. Tu Bandera ha guardado cada beso, cada juramento, cada instante de tu vida entregado a ella. Ahora, como símbolo de la Patria, cuando cesas en la actividad, te la devuelve agradecida.

Y la Patria, al que le entregó su vida, en la frente dolorida, le devuelve agradecida el beso que recibió.

Nada termina. Despedirse es un juramento renovado. Seguimos juntos, no hay divorcio, sería traición, hasta que te quedes sin aliento, hasta que no te quede ni una gota de sangre. Despedirse es renovarse y seguir siendo. Estar o no estar es algo indiferente cuando se es. La tragedia es haber estado sin serlo. Mucho ha debido sufrir quien, en estas circunstancias, no siendo ni sintiendo, sirvió a su Patria. A menos que lo haya hecho como pretexto para servirse de ella.

Tu deber fundamental te obliga al cumplimiento de los preceptos contenidos en la Constitución. Es la ley y la exigencia de tu condición de soldado, que para esto tampoco conoce la jubilación. Solo se trata de defender a la patria grande de Bolognesi, su indisoluble unidad, por encima de todo.

Después de ser, te queda la exigencia de haber sido, si es que fuiste, ejemplo para todos.

¡Hasta la victoria siempre!
¡Viva el Ejército Peruano!

Fuerte 5 de Julio - Corrales, abril de 1985.

 

YO LO GOCÉ, AQUELLA TARDE DEL 90

 

YO LO GOCÉ, AQUELLA TARDE DEL 90

Lo gocé, sí, lo gocé como un orgasmo, experiencia imposible de imaginar, algo que solo se puede vivir en el rincón donde las luces se apagan.

David Cienfuegos Adrianzén, el “Curita” para los del barrio, aquel tipo al que todos llamaban el Chaplin del barrunto, porque su gracia y su forma de ver la vida no tenían comparación, me hizo disfrutar de aquella tarde del 90 como nunca. Ahora, con el paso de los años, entiendo el porqué de su apodo: su mirada traviesa, su forma de caminar por la vida, como quien juega con el destino. Esa tarde, el Curita me regaló una de sus obras maestras, como esas que dibujaba en sus sueños de niño inquieto, cuando corría por el barrio, entre los postes de madera y el suelo mojado de la lluvia del 83. Y sí, esa tarde la saqué barata, porque no tuve que pagar entrada al espectáculo. Lo viví todo a través de mi piel, como cuando en la infancia nos reuníamos para zamparnos y ver jugar al ciclón contra los monstruos de antaño.

El Curita tenía sueños, siempre lo supe. Era un chico palomilla que aspiraba a ser detective, a desenmascarar a los malos. Pero con el tiempo, sus pensamientos cambiaron, su mirada se tornó más astuta, como un pícaro, un joven que ya pensaba en otros horizontes, más allá de los sueños infantiles. La madurez de sus ideas era el reflejo de los días vividos, de las tardes de barrio.

Recuerdo cómo lo vi correr tras el balón, buscando ese gol que le había prometido al periodista Óscar Cortés Mendivéz en el Hotel de Turistas, hoy convertido en la “Casa Andina”. Y sí, su sueño se hizo realidad: un derechazo soberbio, el balón golpeó el travesaño, bajó como si el destino lo quisiera ahí, y se metió. ¡Sí! Más de 10,000 voces se unieron en un grito que retumbó en el cemento. ¡Ese pendejo es de mi barrio! gritaba, como si mi alma se hubiera soltado en ese momento. ¡Curita! Lo llamaba como un loco. Estaba tan emocionado que, sin pensarlo, me abracé al causa del barrio San Antonio… ¡putamare! Y después de la explosión de alegría, reaccioné, y le dije: “Perdón, causa, no causita. ¡Qué va! Ese gol vale oro. ¿Viste cómo corre? ¡Es uno de los nuestros!” Jajaja, no podía dejar de reír. Aquella jugada me llevó a recordar tantas tardes de salidas barrunteras… ¡jajajaja!

Pastor, el arquero del volante de Bambamarca, se quedó como clavado en el césped, en un silencio absoluto, mientras el balón pasaba rozando su alma.

Hoy, con mis cuarenta y tantos, recuerdo a ese amigo de la infancia que, aunque diferente, sigue siendo el mismo Curita de aquellos días, con algunas transformaciones, claro. Hoy está en su mundo, haciendo lo que le apasiona, luchando por sus sueños. Pero sigue siendo el Curita, mi compare, aquel chico de los 100 metros que dominaba la pista como si fuera suya, aunque en matemáticas… jajaja, no pasaba ni la primera.

Aquel mismo Curita que, en su infancia, también fue lustrabotas, con su cajón de madera que le hizo “cacerola”, porque ya sabía lo que era el trabajo, era carpintero de alma.

Hoy, después de tantas historias, tantos años de palomilladas, miro atrás con nostalgia, recordando a mi amigo en su forma más sencilla, más pura. La película parece estar por terminar, pero sé que tendremos otra función barruntera, porque el barrio nunca se olvida.

La Vida Después del Fútbol

 La Vida Después del Fútbol

Castro Ruz, con su voz impregnada de pasión, lanzó un discurso que se me quedó grabado:
“Este mundo pobre, este mundo estancado, solo se podrá librar de sus miserias con la aplicación de la técnica y de la ciencia.”
Y en las palabras de Julio Ramón Ribeyro:
“Quien no ha sentido la tristeza en el fútbol, no sabe nada de la tristeza.”

Mi vida comenzó en una mañana gris, cuando mi madre me expulsó de su vientre materno entre esteras y adobes, entre los gritos del parto y las esperanzas que, como siempre, se abrían paso. A pesar de todo, nací como un bebé robusto y lleno de vitalidad.
Seguro, tras haber soportado nueve largos meses, me acurruqué en su pecho, y con el primer respiro, probablemente lancé un grito, no tan grosero como un “¡Muchacho de mierda, mamón!”, pero con la misma fuerza con la que llegué al mundo. No, no creo que haya sido así. Mi madre era una rosa, una dulzura, una mujer luchadora que me abrazó con amor desde el primer día.

Mis primeros pasos fueron sobre la tierra de mi barrio, Dávila, hoy conocido como José Olaya, ese rincón que me vio nacer el 26 de febrero. Recuerdo poco de esos años de infancia, pero dicen que mi cabello era largo, castaño y ensortijado. Lo que sí recuerdo con claridad es que, a los diez años, ya me tomaron una foto mientras corría y saltaba por las calles. La Industria, el diario local, me había dado su primer espacio, marcando el comienzo de mi camino, de la velocidad que me definiría.

Es curioso pensar que el mismo 26 de febrero, el gran Fidel Castro, con su visión de la revolución, nos recordaba que solo a través de ella podríamos aplicar la técnica y la ciencia en beneficio de todos. Un discurso que sigue resonando en mi memoria, un eco de los ideales que, como el fútbol, no conocen fronteras.

En esos días, la vida era una mezcla de juegos y risas. Recuerdo el bullicio de los vendedores:
“¡Marcianos, marcianos de leche con coco, tamarindo, lúcuma, marcianos, marcianos!”.
Así amaba la vida: como un niño travieso, dibujando sueños en cada rincón de la calle, rodeado por la gente que, como yo, soñaba despierta.

El balón fue mi amigo eterno, compañero de la infancia, testigo de mis días de gloria y de lucha. El diciembre de 1990 quedó grabado en mi memoria y en un rincón secreto de mi corazón. Ese gol que le prometí a Óscar Antonio Cortés Mendívez, a la salida del Hotel de Turistas, fue uno de esos momentos que el alma nunca olvida.

El locutor, atropellando sus palabras, anunciaba cada jugada, cada pase, cada remate. Y allí estábamos nosotros, jugando, celebrando, viviendo. Inca Kola, la bebida de nuestro país, acompañaba esa tarde de fútbol. Terminamos ganando uno a cero, y no hubo bronca ni en la cancha ni entre las hinchadas, solo el eco de la alegría que se desbordaba.

A esa hora final de la tarde, 22 corazones jugaban con intensidad, mientras el sol se hundía en el horizonte, a toda velocidad, persiguiendo el balón. El campo se llenaba de pies descalzos, levantando polvo, creando una multitud teñida de rojo que se abrazaba como si fuera la última jugada del partido.

¿Al fútbol se juega en el estadio?
No, al fútbol se juega en la playa,
en la calle,
en el alma.
El balón es el mismo, su forma sagrada no cambia.

Los jugadores, cuyos cuerpos se desfiguraban en sombras largas sobre el césped, no sabían que, en ese instante, los niños, los jóvenes, los viejos, eran testigos de esa tarde irrepetible, de ese momento que nunca se volvería a repetir.

Cuando miramos entre las brasas del atardecer, entre los últimos rayos de luz, vimos el estadio como el templo sagrado de muchos peloteros que algún día acariciaron el balón. Hoy, al recordar, el campo guarda en su memoria esos momentos, esos sueños. En algún rincón de su corazón, la “gordita” aún estará allí, quieta, adormecida, esperando volver a rodar.

Para los que hemos jugado, el momento del retiro es complejo, como un desgarro interno. Es dejar atrás una actividad apasionante, a la que le hemos entregado la vida. Abandonar los entrenamientos, los vestuarios, los días de gloria. Dejar de ser el centro de atención, dejar de ser parte de la celebración. ¿Y eso, a los … años? Difícil de superar, ¿verdad? Pero como todo en la vida, llega un momento en el que debemos dejar ir lo que nos hizo soñar.

 

A mis amigos (a)-PRESENTACIÓN

  A mis amigos (a) Quiero compartir con ustedes, mis amigos (a), compañeros y conocidos de este camino, mis anécdotas, esas que pude escri...