¿Y después del ejército? ¿Qué sigue?
Era 1985. Mi vida estaba en un punto indefinido. No sabía qué hacer: si
continuar con el fútbol, buscar trabajo o estudiar. Una mañana, después de las
9 a.m., salí como siempre a pararme en la ventana de la tienda de doña
"Pancha". Me pasé unos diez minutos observando a la gente que entraba
y salía. De repente, apareció el "NEGRO" MACUMBA, un compañero de mi
barrio.
—Negro, estoy en las nubes. Aquí no
pasa nada.
—Curita, vamos a la selva, causa.
Allá hay trabajo y puedes jugar. La vas a romper, vago.
—Pucha, le
respondí, esto es misión
imposible, quiero escapar. Aquí no sucede nada.
—Vamos, yo te pago el pasaje.
Salimos esta noche, habla.
—Vamos, le
contesté.
Le dije a mi madre que me iba con el negro a la selva, a trabajar y a jugar.
Ella se preocupó un poco, pero al final... también se sintió un poco aliviada.
¡Uno menos!
A las 7 p.m., con mis pocas pertenencias guardadas en un maletín, salí
rápido a encontrarnos.
—Negro, ya estoy listo para
fugarme.
—Vamos, curita.
Caminamos hasta la salida de Lambayeque, donde los camiones y buses se
estacionaban para pernoctar. Después de un rato, vimos uno con destino a
Tarapoto que se detuvo.
—Negro, ese es. ¡En ese nos vamos!
—Corre, comparito.
Ya instalados en el camión de carga, el nerviosismo me invadió. Emprender
esa aventura, dejar atrás mi barrio... ¡mi corazón latía acelerado! El viento
me azotaba la cara y el aire helado se colaba por mi pantalón. El viaje fue
largo y pesado. El frío se sentía en los huesos y mi colcha, tan delgada,
apenas nos cubría.
Atravesamos el cuello, el pistolero, el cruce a Jaén, Bagua Grande, y, con
la noche, el aroma a selva comenzó a invadir mis sentidos. Nos quedamos
dormidos hasta que una voz nos despertó.
—Bajen a merendar. Ya llegamos a la
laguna de Pedro Ruiz.
—Negro, hay que bajar.
—Ya, curita, vamos.
Una vez en la parte baja, me miró y le dije:
—Negro, estoy misión imposible.
Él me contestó:
—Yo también.
—Nooo, en serio.
—Sí, hermano. ¿Y ahora? ¿Cómo
pagamos cuando lleguemos al puente Bolivia?
Esa noche nos ocultamos entre unos matorrales hasta que el chófer y su
ayudante se marcharon. Dormimos en el "hotel" Piso, donde el cemento
y la laguna acariciaban nuestros cuerpos cansados, mientras nuestros estómagos
rugían de hambre. A las 6 de la mañana, nos despertamos rápidamente,
organizamos nuestras cosas y le pregunté al negro:
—¿Y ahora qué sigue? ¿Cuál es el plan?
El negro me miró y respondió con su característico tono:
—Déjate de tonterías, ¿cuánto tienes de plata? Uuummm… total, eres
raya... jajaja.
Solté una risa, y él también.
—Curita, ya hemos recorrido un buen trecho sin gastar ni un sol.
Entonces, le respondí con una sonrisa:
—Vamos, sigamos así hasta llegar, pero aguanta, causa, hay que meterle
algo al estómago.
—Ya, contestó el negro.
Nos regalamos un delicioso desayuno: bizcochos y un “marciano”… jajaja.
Después, levantamos el pulgar y seguimos nuestra travesía hasta Moyobamba,
viajando en una cisterna. Ya en Moyobamba, nos encontramos con un policía. Le
metimos nuestra historia, le dimos un poco de "letra" y, con algo de
suerte, nos consiguió un camión que nos llevaría más lejos.
Y nos fuimos...
Ya en la cisterna que el poli nos había conseguido, nos acomodamos en la
tolva, dejando que el aire nos acariciara suavemente. Era un aire fresco que
llevaba consigo un perfume a tierra húmeda y plantas silvestres, un olor que
solo la selva podía regalar. Mientras avanzábamos hacia el “Puente Bolivia,” un
pequeño centro poblado del distrito de Shanao, me quedé hipnotizado observando la
vasta sabana de vegetación que cubría esa parte de nuestra selva peruana, como
una alfombra interminable que parecía tragarse todo a su paso.
El negro "Makumba," adormecido por el viaje, no dejaba de bostezar
y me decía, algo cansado:
—Curita, ya estoy harto de tanto mirar el paisaje.
—Pues tú ya eres un caserito por estos lares, le respondí.
—Mira, me dijo, señalando a lo lejos, ya vamos a
llegar a “Tabalosos.”
No tardé en divisar a los primeros pobladores de ese lugar, caminando por la
berma con machete en mano, palas y picos, limpiando las orillas de la pista. De
repente, el negro lanzó un grito que casi me saca el corazón del pecho.
—¡Mira, ya estamos cerca del “Puente Bolivia”! Aquí —me dijo—,
te voy a presentar a un pata para que trabajes y juegues al fútbol.
—¡Tío, tío, tío! —gritábamos al unísono.
—Aquí bajamos —mientras tocábamos el techo de la cabina.
—¡Ya, carajo! Tanta bulla, y encima ni un puto sol van a pagar.
—Ya, tío, discúlpenos, le dije apresurado, mientras, con
agilidad, nos deslizábamos hacia el suelo, dejando atrás la cisterna que nos
había sido compañera durante el largo trayecto.
—¿Y ahora qué sigue? —le pregunté al negro, con la ansiedad
de quien no sabe si el siguiente paso será un salto o una caída.
El negro se mataba de la risa.
—Espera, pues. Bien apurado eres. Vamos a esa casita. Allí vamos a
comer y luego te presento a mi pata.
Entramos a la casa, saludamos a los dueños. El negro “Makumba” ya era como
de la casa, se notaba en la manera en que los trataba.
—¿Qué tal, negrito? —le dijo la señora.
El negro respondió con su tono relajado:
—Bien, seño. Aquí, de pasada. Más tarde me voy a Tarapoto a llevar
merca.
—Señora, continuó el negro, le presento a mi amigo. Él
se va a quedar a trabajar en la carretera y también a jugar por Shanao.
Yo, un poco avergonzado, respondí al saludo, con la timidez de quien se siente
un extranjero en su propio país:
—¿Cómo está, señora? Es un gusto conocerla.
—Gracias, igualmente, me dijo ella, con el dejo cálido y
acogedor de los lugareños.
En ese instante, apareció una joven huambrita, de ojos marrones como el café
y el cabello ondulado, con la piel blanca como la luna en una noche despejada.
Era la hija de la dueña, y, por lo que pude ver, novia del capataz encargado de
la construcción de un tramo de la carretera. No pude evitar sentir una pequeña
chispa de interés por ella, no lo voy a negar. Estaba en algodón.
Cerca de la 1:00 p.m., apareció por la puerta del comedor un hombre bajo, de
aproximadamente 1 metro 50, con el cabello ondulado y los ojos vivaces. El
negro lo saludó con la familiaridad de un viejo amigo:
—Hola, Hugo.
—¿Qué tal, mi hermano? —respondió el otro.
—Aquí, llegando, le dijo el negro, ven, te voy a
presentar a un paisano de Chiclayo.
El tipo se acercó, me dio la mano y respondí al saludo con algo de
inseguridad. El negro le comentó que quería trabajar y jugar al fútbol.
—Ah, ¿eres pelotero y de qué barrio? —me preguntó, con esa
curiosidad típica de quienes viven en lugares alejados.
—De José Olaya —le respondí, con un poco de orgullo.
—Ya, comparé, vas a pelotear por Shanao y te voy a dar chamba en la
carretera.
¡Chucha! pensé para mis adentros. Agárrate de esa flor…
jajaja, ya estaba contratado, no había vuelta atrás.
En ese instante, el capataz se acercó a la huambrita y le lanzó un beso que
hizo que mi mente se nublara por un segundo.
—Uuuy, carajo, nos jodimos —pensé para mí mismo, mientras la
realidad comenzaba a pegarme fuerte en la cara.
Finalmente, llegó la hora de la comelona. No saben cómo devoré mi primer
almuerzo selvático. Estaba delicioso. La señora había preparado un churumbo
acompañado de un refresco helado de cocona que, en ese momento, me supo a
gloria.
El negro “Makumba” soltó el rollo:
—Curita, yo te dejo. Ya estás bien, me voy a Tarapoto a vender mi
merca.
Mierda, me soltaron y me dejaron solo... jajaja. No pude evitar reír, pero era
más por los nervios que por la diversión. ¿Qué hago ahora? pensé,
mientras sentía que mis pasos me llevaban hacia algo que ni yo mismo podía
prever.
La despedida del amigo
Eran casi las 7:00 p.m. cuando le dije al negro:
—Compadrito, ¿y ahora en qué hotel dejo estos huesos magullados por el
viaje? jajaja.
El negro soltó una carcajada que resonó en la quietud de la selva y,
señalando hacia arriba, me respondió:
—¿Ves esa chocita en la lomita, al lado del río Mayo?
—Sí, le respondí, mirando la pequeña casa que apenas se
distinguía entre las sombras.
—Ahí será tu hotel cinco estrellas. Como tú, que eres una
estrella... aunque fugaz. Ahí está, jajaja.
—Hablas bonito, barrio, le contesté, sonriendo.
—Sí, curita, continuó él, por ahora te quedarás allí
hasta el domingo. Después del partido, la gente del equipo verá que estás en
algodón y, te lo aseguro, te van a contratar para jugar.
Entonces, te vas a quedar a vivir en Shanao.
La noche, como si quisiera despedirse también, comenzó a caer con más
fuerza. El trinar de los pájaros y el canto de las alimañas me envolvían, como
si todo el bosque estuviera cantando su propia despedida. El río Mayo, con su
curso triste y sereno, serpenteaba por debajo del Puente Bolivia, como si
también quisiera alejarse, pero sin prisa, sin rencor.
El negro "Makumba" miró el reloj, una de esas horas en las que el
tiempo parece detenerse, y dijo:
—Curita, ahora sí llegó el momento de partir. Ya
sabes, tranquilo, la vas a hacer linda. El domingo bajo para ver el
partido.
—Ya, comparé, le respondí, con la voz cargada de emoción.
En ese instante, un ómnibus se estacionó en el Puente Bolivia, el motor
rompiendo el silencio de la selva. El negro fue uno de los pasajeros, y aunque
no lo dijo, sentí que su partida marcaba el fin de un capítulo, el cierre de un
ciclo en ese viaje que apenas comenzaba.
El hotel cinco estrellas
El silencio de la noche se apoderaba del entorno, solo interrumpido por el
suave murmullo del río Mayo, como una melodía lejana que me arrastraba a otra
dimensión. Era mi primera vez en la selva, y el canto de los grillos y el
susurro de las alimañas parecían perforar mis nervios, como si cada sonido
fuera un eco lejano de lo desconocido. Mientras caminaba, mi mente volaba hacia
mi hogar, esa sensación reconfortante de estar en lugar seguro. Y me
preguntaba: ¿Qué hago yo aquí, en medio de este puente y este río, perdido
en la oscuridad?
Ya en la pensión, cuando el resto se retiraba a descansar, me acerqué a Hugo,
el capataz que me había contratado para trabajar, y le pregunté, con la
incertidumbre invadiendo mi voz:
—Hugo, le dije, ¿dónde voy a dormir?
Él me respondió, con la calma propia de alguien que ya ha vivido esas
noches:
—Espera, voy a traer una linterna para alumbrarte en el camino hacia tu
cuarto.
Caminé tembloroso entre la densa vegetación, mi cuerpo acompañado solo por
el murmullo constante del río, como un ser colosal que serpenteaba en la
oscuridad. Cada paso parecía alejarme más del mundo conocido, sumergiéndome en
el vasto silencio de la selva, una selva que susurraba secretos que no estaba
seguro de querer escuchar.
Al llegar a mi "cuarto", empujé la puerta con cautela. El umbral
se abrió hacia un espacio vacío, donde solo el polvo y las sombras ocupaban el
lugar. Arañas negras, como sombras vivientes, se deslizaban por las paredes,
mientras hormigas marchaban en columnas, recorriendo la tierra. Era como si la
habitación misma respirara una vida que no comprendía. Bajé la mochila, saqué una
cerilla, y con la llama titilante intenté ahuyentar a las alimañas que
rondaban. El fuego danzaba como un pequeño faro, tembloroso, en medio de la
oscuridad.
El miedo se apoderaba de mí; temía que alguna criatura nocturna se acercara
a mi piel vulnerable, a mis pies desprotegidos en el suelo. Esa noche, el miedo
se convirtió en mi único compañero. Iluminaba cada rincón del cuarto, como si
intentara descubrir lo que se escondía en las sombras, pero las sombras nunca
me revelaron sus secretos. El "hotel cinco estrellas" no era más que
un refugio improvisado en medio de la selva, un lugar donde la naturaleza
reclamaba su territorio y yo era solo un visitante más.
A las tres de la mañana, exhausto y derrotado por el cansancio, dejé la
colcha tirada en el suelo. Colocando mi mochila como almohada, me dejé caer,
sintiendo cómo el frío de la tierra subía por mis huesos. Cerré los ojos,
buscando refugio en el sueño, como si al dormir pudiera escapar de la
inmensidad de la selva. Pero la selva no me dejaría escapar tan fácil. En esa
noche interminable, me dejé atrapar por el sueño, con la mente llena de
preguntas sin respuesta.
Domingo de gloria y lunes de resurrección
"Mientras más es el dolor, mayor es la victoria."
El canto de los pájaros y los primeros rayos del sol se filtraban entre las
rendijas de los carrizos, despertándome suavemente. El astro rey acariciaba mis
ojos con su luz dorada. ¡Era domingo! ¡El gran día había llegado! Mi cuerpo, un
campo de batalla de cansancio, se quejaba por la suavidad de mi colchón que,
aunque parecía un paraíso, no dejaba de recordarme cada músculo adolorido. A
regañadientes, me levanté. Molido y medio dormido, caminé hacia el río para
saludarlo, por haberme cuidado durante la noche. El Mayo, en su calma, me
ofreció su agua fresca como un abrazo renovador. Lavé mi cara, mojé mi cabello,
limpié mis dientes y tomé el camino de regreso a la pensión.
Pero este no era un domingo cualquiera. Al cruzar el umbral de la puerta, la
vi. Sus ojos, esos ojos hechiceros que parecían tener el poder de deslumbrarme,
me atraparon al instante. Con una sonrisa suave, me saludó:
—Buenos días, joven.
Los demás comensales iban llegando poco a poco, pero mis ojos, como si fueran
imanes, no podían dejar de seguirla. Era como un péndulo, atrapado en su propio
tiempo, tratando de alcanzar sus pasos, que caminaban con una cadencia tan
natural como un río que fluye sin esfuerzo.
Fue entonces cuando apareció un hombre que conocía del barrio:
"Calambrito". Nos miramos, y al instante ambos soltamos el saludo al
unísono, acompañados de una risa que brotó espontáneamente. Nos apretamos las
manos como dos viejos amigos que se reencontraban después de mucho tiempo.
—¿Y Curita, ¿qué haces por estos lares? —me preguntó, con
su voz llena de sorpresa y alegría.
Le respondí que había llegado con el negro "Makumba" para trabajar y,
de paso, jugar un poco.
—Ah, ya comparito, está bien. ¿Y tú qué haces aquí?
—Yo estoy trabajando en la compañía IGZA, en la chancadora de allá
enfrente, me contestó con una sonrisa en los labios.
Calambrito era un experto soldador eléctrico. En el barrio, lo conocían como
el rey del soplete, un hombre hábil y preciso que lograba transformar el metal
con una destreza que rozaba la poesía. Pero, como muchos, tenía sus
debilidades, y su "pastita" era una de ellas. Aunque nunca supe
cuándo ni cómo le rompieron el hocico, siempre lo vi como un buen tipo, uno que
vivía su vida sin meterse con nadie. Su mantra era vivir el momento.
Nuestra conversación se alargó entre risas y recuerdos del barrio, las
bromas y las historias que nos seguían como sombras. Le dije:
—Calambrito, hoy a las 3:00 p.m. juego un partido.
—Ya, bacán, me respondió. Allí estaremos.
Nos despedimos con un apretón de manos, y me dirigí de nuevo hacia el hotel
“cinco estrellas”.
Caminando solo, la nostalgia me envolvía. Mi mente era un torrente de
preguntas sin respuesta. ¿Qué hago aquí? ¿Qué me depara este destino
extraño? Al llegar, toqué la puerta del hotel, y el botones, siempre
amable, me recibió con una sonrisa.
—¿Tiene agua temperada? le pregunté, buscando una respuesta
sencilla para mi cansancio.
—Señor, ¿no recuerda que este es un hotel “cinco estrellas”?
—¡Jajaja! respondí, aliviado por la broma que me arrancó una
sonrisa.
—Perdón, le dije, lo había olvidado de tanto pensar.
Saqué mi colcha de la mochila, dispuesto a descansar. Pero el sueño no
llegaba. Las imágenes, los sonidos, las emociones se entrelazaban en mi cabeza
como una telaraña, creando un enredo que me mantenía despierto. Todo parecía
suceder tan rápido, como un sueño que se escapa en la vigilia. Solo pude
quedarme quieto, mirando las sombras danzar en las paredes. El canto de los
pájaros, como un canto lejano y acogedor, y el río Mayo, con su dulce y constante
murmullo, me arrullaron lentamente, hasta que el cansancio me venció y por fin
caí en un sueño profundo.
Mi reloj biológico y los fuertes vientos con olor a lluvia me
despertaron a la 1:00 p.m. En un instante, mi cuerpo reaccionó, y sin
pensarlo, saqué mi jaboncillo y bajé al río, decidido a bañarme. El miedo me
acompañaba, un temor irracional hacia el agua que, a pesar de su tranquilidad,
me resultaba intimidante. Con cada paso hacia la orilla, sentía la brisa fresca
del río Mayo acariciando mi piel, pero también una inquietud latente que me
obligaba a apurarme. Finalmente, logré bañarme, rápido, casi como si temiera
que el agua pudiera llevarme con ella.
Volví a la pensión, más descansado, con la determinación de darlo todo en el
partido de las 3:00 p.m. El almuerzo fue justo lo que necesitaba, un buen
comienzo para mi debut. La huambrita que nos atendió no solo nos sirvió con
cortesía, sino que, con una sonrisa juguetona, me preguntó si quería repetir.
—¿Repetición?
—Sí, mamita, pero después del partido.
Lo dije en tono de broma, pero la verdad es que mi apetito no era tan grande
como mi ansia por el partido.
Ya no regresé al hotel “cinco estrellas”. Esa era mi última vez allí, lo
había decidido. Aunque el río Mayo y el canto de los pájaros me acompañaban con
su serenidad, la atención del hotel había sido tan miserable que decidí no
volver. ¿Qué joder la vida, verdad?
Salí de la pensión y me paré en el Puente Bolivia, mirando cómo el río Mayo
serpenteaba con calma, una vista que, a pesar de mi turbulencia interna, me
relajaba. En ese momento, un grupo de niños se acercó y me preguntaron con
curiosidad:
—¿Usted va a jugar hoy por Shanao?
—Sí, les contesté, con una sonrisa. ¿A ustedes les
gusta el fútbol?
—¡Sí! gritaron, sus ojos brillando con entusiasmo.
—Hoy vamos al estadio, les dije, haciéndoles un guiño.
Uno de los niños, con una inocencia que me hizo reír, preguntó:
—¿Y usted por qué no se corta el pelo?
Solté una risa amplia, una carcajada que me salió sin querer.
—Me siento bien así, con el pelo largo. Me da fuerzas para jugar.
Ellos rieron también, el sonido de su alegría acompañó la risa en el aire.
Fue entonces cuando apareció Hugo, en su moto lineal, y me dijo:
—Sube, vamos a Shanao, la gente te espera.
El camino era todo menos recto. Era una trocha polvorienta, y en tan solo diez
minutos llegamos a Shanao, el lugar donde dejaría mi huella.
La moto se estacionó frente a una casa grande. Bajamos y Hugo saludó al
presidente de la institución, quien me dio la mano con una firmeza que revelaba
respeto.
—Te presento a un nuevo integrante del equipo.
—Mucho gusto le respondí, aún sintiendo esa mezcla de emoción
y nervios.
—El gusto es mío, señor contestó él con una mirada franca.
Uno a uno fueron llegando los demás jugadores, hasta que a las 2:20 p.m. partimos
hacia el estadio, el campo que se preparaba para ser testigo de una tarde que
quedaría grabada en mi memoria.
Al llegar, nos sentamos y comenzaron a repartir los uniformes. No pedí el
mío; solo esperé a que me lo alcanzaran. Finalmente, llegó el momento de
cambiarse. En la formación del equipo, estaba entre los once elegidos.
Comenzamos a calentar motores, esa sensación de adrenalina al principio de cada
partido, la magia que se apodera de tu cuerpo.
El pitazo inicial sonó y la lluvia comenzó a caer suavemente, como si la
naturaleza también celebrara el inicio del juego. La combinación del balón, la
lluvia y el viento creó una atmósfera única. El río Mayo parecía reír desde
lejos, alimentado por la lluvia, como si nos mirara y disfrutara del espectáculo.
Cuando el balón llegó a mis pies, lo sentí como si estuviera manejando una
moto. Lo prendí, sentí el rugir de su acelerador bajo mis pies. Zigzagueaba,
driblaba, centraba con la precisión de un cirujano. El partido tomó temperatura
rápidamente, y la lluvia aumentó su ritmo, golpeando el campo como un tambor.
Jugué con todo, con corridas, dribles, fintas, remates que me aseguraron un
lugar en Shanao. Después del partido, la gente comenzó a felicitarme. Los niños
corrían detrás de mí, como una nube de admiración. Los hombres me miraban con
respeto y, entre risas, uno dijo:
—¡Este es un diablo corriendo!
Su comentario me arrancó una sonrisa, y sentí que había dejado mi huella en el
corazón de Shanao.
Esa tarde, ya no regresé al hotel “cinco estrellas”. Mi nuevo hogar estaba
aquí, entre los aplausos y el cariño de la gente. La noche caía entre copas de
cerveza, tragos cortos y risas compartidas. Ya tenía mi cuarto asegurado, buena
comida y trabajo en la carretera, en la marginal de la selva. Sin saberlo, había
encontrado mi lugar en este rincón de la selva peruana.
La última noche
La última noche en Shanao descendió como una neblina densa, envuelta en el
suave murmullo del río que serpenteaba en su curso interminable. Recostado en
mi cama, el pensamiento se deslizaba lento, como las aguas del Mayo. Me acerqué
a la ventana que daba hacia las chacras de los campesinos, observando a José
apagar el fogón con un cuidado silencioso, asegurándose de que algunas brasas
permanecieran vivas para alimentar el fuego al día siguiente. A lo lejos, se
oía el canto lejano del grillo, un "cri-cri-cri" agudo que cortaba la
quietud de la noche, hasta que el sueño, como una manta suave, me envolvió y me
arrulló en su abrazo.
Desperté a las cinco de la mañana, con la luz de un día naciente colándose
tímidamente por las rendijas de las tablas. Aún acostado, mis ojos recorrieron
el techo, las paredes hechas de maderas gastadas, como huellas del tiempo que
había pasado en este lugar. Ese instante se grabó en mi memoria, como una imagen
nítida de un refugio temporal que había albergado mi cuerpo tras los días de
arduo trabajo y futbol.
—Don Juan, me llamó el presidente del club, anunciando la
hora del desayuno.
Sin demora, respondí:
—Ya, Don Juan, ya salgo.
La noche anterior había dejado todo listo, por lo que me levanté
rápidamente, tendí mi cama con la parsimonia de quien sabe que pronto tendrá
que dejar todo atrás. Mientras recorría, por última vez, con la mirada ese
cuarto que me había cobijado, el peso de la despedida comenzó a hacerse
presente. Me preparaba, con un leve nudo en el estómago, para despedirme de
este rincón de Shanao que, aunque efímero, había sido mi hogar por un breve
pero significativo tiempo.
La despedida de Don Juan y su familia
Don Juan y su esposa me invitaron a desayunar. La mesa se llenó de sabores
que se quedaron en mi memoria: cecina recién salida del fuego, inguiri (plátano
verde sancochado) con su toque suave, un huevo frito dorado como el sol que se
asomaba tímidamente por la ventana, y un café fuerte, lleno de la calidez de la
selva. El aroma de la comida era un abrazo en cada bocado. La charla fue
ligera, casi como una danza, llena de risas y recuerdos. Recordamos el día en
que llegué, el primer encuentro con la gente del lugar, y todas las anécdotas
que se tejieron entre los días de trabajo y fútbol. Pero bajo las risas, una
sombra de tristeza se hacía presente, como una brisa que, aunque suave, se
sentía en el aire.
No podía evitar la sensación de vacío que se instalaba en mi pecho. Mi
partida se sentía como un ciclo que se cerraba, una página que se pasaba con la
fuerza del viento. Don Juan, con su rostro marcado por el tiempo, también
mostraba un dejo de melancolía en los ojos. Durante la conversación, su voz se
tornó cálida, casi como una promesa que se sella en el alma.
—David, no te olvides de que aquí siempre serás bienvenido.
Gracias por todo. Sé que te irá muy bien en Lamas.
Sus palabras fueron un faro en medio de la despedida. Me miraba con una
mezcla de cariño y respeto, como si me estuviera entregando una parte de su
tierra, de su hogar.
Sentí una presión en el pecho, una sensación indescriptible que solo la
despedida puede traer. El tiempo había sido breve, pero en ese lapso, se había
tejido una conexión que no se olvidaría. Mientras terminaba mi café, su
amabilidad, la calidez de su familia y el recuerdo de esos días en Shanao se
quedaban grabados en mi mente, como la huella de un paso firme dejado en la
tierra húmeda de la selva.
El salto a la ciudad de los tres pisos (Lamas)
La moto rugió, llevando mis pensamientos hacia el Puente Bolivia. Allí hice
una pequeña pausa, una última parada antes de mi partida definitiva. Me
acercaba a la señora que había sido mi aliada en los días de trabajo en la
carretera marginal, la que me había atendido con amabilidad y había compartido
su cocina en los momentos de hambre. Y allí estaba ella, de pie como siempre,
con sus ojos color café, brillando bajo la luz de la mañana, y su cuerpo
moviéndose con una cadencia que parecía contar historias en cada paso. Mis
ojos, cada vez que se posaban sobre ella, se convertían en péndulos, atrapados
en su magnetismo.
En mis pensamientos resonaba una última despedida, pero algo en mi pecho me
decía que debía quedarme un poco más, saborear ese instante. Ya no te
veré más, linda huambrita, pensé, pero déjame robarte un beso
como despedida.
Me acerqué lentamente, sintiendo el palpitar acelerado de mi corazón. Al
detenerme frente a ella, nuestros ojos se encontraron, y mi mirada, profunda,
firme, se clavó en los suyos. Fue como una estocada que atravesó la distancia
entre nosotros. La vi sonrojarse, como una flor tímida que se abre al sol, y
sus mejillas, teñidas de rojo, mostraban el nerviosismo que se escondía bajo su
calma aparente.
Sin pensarlo, tomé su mano con suavidad, y al mismo tiempo, como si un
impulso indomable me invadiera, me lancé hacia ella, un águila que encuentra su
presa. Mis labios rozaron su mejilla, un beso fugaz, lleno de la emoción
contenida que nunca supe cómo expresar con palabras. Al apretar su mano, sentí
la conexión efímera pero intensa que esos minutos nos regalaban.
Atrás quedaba todo: el "hotel cinco estrellas" que había sido mi
refugio en esa tierra inhóspita, el río Mayo que serpenteaba entre mis
recuerdos como un viejo amigo, la comida sencilla pero sabrosa que me había
nutrido, y, sobre todo, ella, la huambrita que había dejado una marca indeleble
en mi alma, como la huella de la marea sobre la arena.
De Tarapoto, su encanto
El viaje hacia Tarapoto fue en una camioneta que zigzagueaba por la
carretera, y mientras el paisaje se deslizaba frente a mis ojos, no pude evitar
que mi mente se detuviera en el Puente Bolivia y en Shanao. Como una película
que retrocediera en el tiempo, los recuerdos comenzaron a aflorar con fuerza,
trayendo consigo los ecos de aquellos días llenos de aventuras, risas y
paisajes que ahora quedaban atrás.
La ciudad de Tarapoto, vibrante y llena de vida, apareció ante mí como un
oasis en medio de la selva. No tardé en tomar otra camioneta que me llevaría
más allá, hacia la "Ciudad de los Tres Pisos", un destino que
aguardaba con la promesa de nuevas experiencias.
Lamas, esa joya escondida en el corazón del Oriente peruano, se reveló ante
mí como una ciudad que respiraba historia en cada rincón. Fundada en tiempos
ancestrales, alrededor del año 1350, cuando los Chankas, fugitivos de los
Incas, encontraron refugio en estas tierras fértiles y llenas de misterio.
Mientras nos adentrábamos en los caminos sinuosos que se deslizaban como
serpientes por la jungla, me sentí transportado a otro tiempo, como si la misma
tierra susurrara las historias de aquellos pueblos guerreros. El desvío hacia
Lamas nos llevó por un sendero oculto, un camino que parecía sacado de las
entrañas de la selva, directo a esa ciudad que prometía ser tan mágica como sus
leyendas.
Después
de haber disfrutado de Shanao, un refugio de paisajes que acarician el alma,
emprendí mi camino hacia Lamas. Me recibió una mañana tímida, con un sol
escondido tras el frío, como si la ciudad me invitara a descubrirla poco a
poco.
La
primera persona que me tendió la mano fue Joselin, alguien tan cálido como el
primer rayo de sol después de una noche fría. Tras una amena conversación, me
hospedé por un día en un hotel, antes de instalarme en un lugar donde convivían
personas de distintas instituciones de la ciudad.
Con el
tiempo, fui tejiendo lazos con dirigentes y compañeros de equipo, y así, como
un árbol que echa raíces en tierra fértil, fui encontrando mi espacio y
haciendo amigos en este nuevo hogar.
Lamas, la
hermosa Ciudad de los Tres Pisos, me abrió sus brazos como un viejo amigo que
recibe con alegría a quien llega a su hogar. Su tierra, impregnada de encanto,
me envolvió con sus costumbres vibrantes y una cultura fascinante que fui
descubriendo poco a poco, como quien deshoja un libro lleno de historias por
contar.
En este
viaje, conocí a Rolin Flores, un compañero que el destino convirtió en un
hermano. Su hogar se convirtió en el mío, y su familia me acogió con la calidez
de un fuego encendido en una noche fría. Hasta el día de hoy seguimos en
contacto, y siempre lo recuerdo con gratitud. Su generosidad y trato amable
dejaron una huella imborrable en mi corazón, como una melodía que, aun con el
paso del tiempo, nunca se olvida.
La
pensión
Cómo
olvidar a la familia Villacorta y a la familia Benzaquen, dos hogares donde la
generosidad se servía a la mesa junto con cada plato. Con el tiempo, fui
ganándome su amistad, un lazo tejido con el calor de sus gestos y la calidez de
su compañía.
Allí,
cada día tenía el ritmo de una rutina deliciosa: desayunaba, almorzaba y cenaba
rodeado de sabores que hablaban de tradición y cariño. La sazón era
inconfundible, y la atención, siempre impecable. ¿Cómo no recordar aquellas
mañanas en las que el aroma del café recién hecho se mezclaba con el de los
huevos fritos y el inigualable inguire, acompañado de un par de panes?
Cada
bocado era un pequeño homenaje a la vida sencilla y plena. Me sentía feliz, no
solo por la comida, sino por la calidez de quienes la preparaban, por el afecto
que, sin decirlo, se transmitía en cada plato servido con esmero.
Un amor
fugaz
Ella
tenía 15 años y yo 24, pero la edad era solo un número frente a la conexión que
nos unió desde el primer día. Desde el instante en que la conocí, algo en su esencia
me atrapó, como si su mirada escondiera un mundo que yo ansiaba descubrir.
Nos
hicimos grandes amigos, compartiendo conversaciones que se extendían como
suaves melodías en el tiempo. Me fascinaba hablar con ella, pues nuestras almas
vibraban en la misma sintonía: el amor por el catolicismo y la vocación de
guiar a los niños en la iglesia.
Cada
encuentro era un susurro del destino, cada palabra un lazo que nos unía más. En
ella encontré no solo una amiga, sino un reflejo de mis propias pasiones y
anhelos, una luz cálida que iluminaba mis días.
Era una
mañana soleada, aún impregnada del aroma fresco de la lluvia de la noche
anterior. Caminé hasta su casa con el corazón latiendo con fuerza, cada paso
cargado de expectación. Toqué la puerta y, al abrirla, su mirada confirmó lo
que ya sabía: estaría sola. Me lo había dicho aquella tarde en el parque,
cuando con un susurro me confesó que su abuela saldría.
Pero a
pesar de la intimidad del momento, el temor flotaba en el aire como una sombra
invisible. El miedo a que su abuela regresara pronto se reflejaba en sus ojos
inquietos. No había tiempo para dudas ni palabras innecesarias. Me acerqué y,
con la urgencia de un suspiro robado, la besé. Fue un beso apresurado, fugaz,
como un relámpago que ilumina la noche por un instante antes de desvanecerse.
Luego,
sin más, me despedí, dejando tras de mí la huella indeleble de un deseo
contenido y la incertidumbre de un adiós.
Conociendo
a los amigos en el entrenamiento
Entrenar
por las tardes en el estadio de Lamas era más que una rutina; era un ritual de
esfuerzo y camaradería. Cada sesión era una oportunidad para conocer nuevos
compañeros, y poco a poco, el compañerismo fue tejiendo lazos más fuertes hasta
convertirnos en amigos.
Las
tardes de entrenamiento estaban llenas de risas, desafíos y el eco de nuestras
voces animándonos unos a otros. Pero la amistad no terminaba cuando caía el
sol. Por las noches, el parque se convertía en nuestro punto de encuentro, un
refugio donde las conversaciones fluían sin prisa, entre bromas y sueños
compartidos. Éramos muchachos con el mundo por descubrir, y en cada charla, en
cada risa, íbamos escribiendo la historia de una juventud que aún hoy resuena
en la memoria.
Costumbres y tradiciones del pueblo
lamista
Lamas es un pueblo encantado, donde las costumbres y
tradiciones laten con fuerza, dando vida a una identidad que sus habitantes
defienden y valoran con orgullo. Sus calles y plazas son testigos de una
historia vibrante, de rituales ancestrales que se mantienen vivos en el corazón
de su gente.
Entre sus festividades más emblemáticas, la Fiesta de
San Juan brilla con un esplendor único cada junio, convirtiendo el pueblo en un
escenario de alegría desbordante. Al compás de sus bailes y danzas
tradicionales, el sonido de los tambores y las guitarras se funde con las risas
y el júbilo de los visitantes. Personas de todos los rincones del país y del
extranjero llegan atraídas por la magia de esta celebración, donde la cultura
lamista se muestra en su máximo esplendor.
En Lamas, cada tradición es un legado, cada fiesta un
tributo a sus raíces, y cada visitante se lleva en el alma un pedazo de su
encanto eterno.
Durante las festividades en Lamas, la alegría se
acompaña de sabores intensos y ancestrales. Bebidas tradicionales como el
uvachado, el indinachado y el emblemático siete raíces fluyen entre brindis y
risas, llevando consigo la esencia de la tierra amazónica.
La gente, siempre alegre y carismática, disfruta cada
celebración con un espíritu vibrante. Al ritmo de la música, entre danzas y
conversaciones animadas, las noches se transforman en un festín de tradición,
donde el tiempo parece detenerse y la cultura lamista se vive con cada sorbo y
cada sonrisa.
"El Susurro del Destino: La Propuesta
de Quedarme en Lamas"
Los directivos del Club "Rodil Tello" me
hicieron una propuesta que resonó en mi mente como un canto irresistible:
quedarme para jugar y estudiar en el instituto de Educación Física. Era una
oferta tentadora, tan atractiva como un oasis en medio del desierto. Jugaría,
tendría techo, comida, y, quién sabe, tal vez el amor, como un susurro suave,
se acercaba lentamente, susurrándome al oído: Quédate, no te vayas.
Era como si el destino me estuviera tendiendo una mano cálida y firme, invitándome
a abrazar una nueva vida llena de promesas. Sin lugar a dudas, la oferta
encajaba perfectamente en ese momento de mi vida, como una pieza más en el
rompecabezas que aún estaba por completarse.
La Llamada Telefónica
Los días se deslizaban lentamente, las noches caían sin prisa, y yo aún no
lograba tomar una decisión. La propuesta de quedarme en Lamas parecía diluirse,
como una niebla que se desvanecía con la primera luz del amanecer. Pero fue en
ese instante de incertidumbre cuando sonó el teléfono, rompiendo el silencio de
mis pensamientos. Era mi hermana Juana.
—David —dijo con tono burlón—, hay examen en la universidad. ¿Qué vas a
hacer? ¿Quedarte de pelotero? ¡Jajaja! Ven, para que postules.
Sus palabras fueron como un rayo que partió la quietud en mi mente. Era el
empujón que necesitaba. Y así, de repente, la balanza comenzó a inclinarse. Ya
no era solo una cuestión de quedarme o seguir en el fútbol. Ahora había una
nueva llamada, un nuevo camino que me tiraba con fuerza hacia mi ciudad natal,
mi pequeña patria, mi barrio que ya comenzaba a extrañar.
La decisión se hacía más clara, pero el peso de lo que dejaba atrás me
presionaba en el pecho, como el último suspiro de un sueño que ya no podría
tocar. El río Mayo, las risas de los niños, el amor de las huambritas... todo
eso quedaba atrás. Ahora, el futuro me aguardaba, y era hora de volver.